...y en ella trazo garabatos...


Cuando Miguel vuelve del trabajo los domingos por la tarde, se sienta junto a su padre fuera de la cabaña. Sin decir nada, espera a que éste se ponga a contarle las cosas que el mar ha hecho durante la semana, el único mar que pueden ver sus ojos, que es el mar que está enfrente de casa. Así le dice, por ejemplo:
–Pues el lunes se puso violeta y fue porque el sol estaba muy enfermo, y las olas estornudaban porque ya sabes lo rápido que se contagian, y luego, el martes que lloviznó un poco, se llenó el mar de agujeros y hacía plin, plop, plin, hasta que el miércoles fue uno de esos días en los que se estuvo muy quieto y ni los barcos ni los peces más traviesos consiguieron que el agua se meneara...
El padre de Miguel siempre le cuenta esto y lo otro, pero no sabe que a su hijo el mar le suena como las máquinas. Y todo, al fin y al cabo, por cuatro monedas de nada. Miguel nunca se lo ha dicho porque bastante tiene su padre con tener el corazón lleno de pena y unas piernas que se han olvidado de cómo caminar, pero pronto harán ya seis años, el tiempo que lleva trabajando en la fábrica, que Miguel en sus oídos no tiene otra cosa que no sea el sonido de cuando chirrían las máquinas, bien pegado a los tímpanos, incluso cuando llega el domingo y el jefe las para. Las máquinas no se callan. Es, piensa Miguel, como si masticaran, como si se contaran sus vidas y él tuviera que escucharlas. Y a veces no puede, a veces le duele y, cuando ya no lo soporta, se chafa las orejas con las dos manos hasta que se le ponen rojas de tanto que se las aprieta, y ni aun con ésas consigue adormecer el ruido. Es, sigue pensando Miguel, mucho peor que cuando de niño cogió una otitis por una corriente muy fría de aire. Es como cristales rotos y alguien que los pisa, se dice, pero luego se lo calla porque desde que está en la fábrica que Miguel casi no habla. No lo hace porque a veces el jefe pide, a gritos, un poco de silencio. Pide que todo el mundo se calle y allí, más les vale, todos son muy obedientes menos las máquinas. Aunque por no hablar, Miguel no habla ni siquiera en los descansos, cuando salen a tomar un poco el fresco y algunos fuman, y otros comen, y otros buscan un lugar donde caerse muertos, pero todos, porque es ése el momento, coinciden en una cosa y es que todos, menos Miguel, hablan, se cuentan lo que les pasa. Que si con la parienta, o que si con la amante, o que si con la suegra o la hija la mayor. Miguel ha llegado a pensar que no tiene nada que decir. Desde que se pasa los días enteros entre tanto ruido y tanto peso, entre una y otra vez la misma historia, cree que se está volviendo chiquitín, se siente como un guisante, y un poco, en realidad, ya ha empezado a resignarse. Como no ha conocido otra, entiende que la vida es así. Así de perra. Así que hay que trabajársela. Así. Con todo el calor que hace en la nave de las máquinas, así que se derrite y no de otra manera. No se plantea otra cosa, tampoco puede, que no sea la de dejarse cada día la piel en el trabajo y fingir que oye el mar que su padre dice que escucha. Toma por único consuelo su sonrisa.
Miguel, cuando los domingos vuelve a casa después de una semana que siempre es más dura que la anterior, aunque entonces está como su padre, que no se tiene, hace el esfuerzo y se aguanta el cansancio, abre sus ojos hasta más no poder. Ya que no habla, ni oye el silencio ni sabe cómo soñar, qué menos, se le ocurre, que mirar bien por dónde anda para no acabar tropezándose con cualquier piedra. El mundo, su mundo que no es más que el trabajo, y a ratos su casa y también algo de hambre cuando se acerca a final de mes, está siempre ahí, en su mirada, a la vista de todos y para los demás. Y cuando Miguel por fin llega a su casa y se sienta junto a su padre, espera cada domingo que sus ojos caigan por su propio peso, que pueda dormirse un rato en la cabaña, aunque sea con el chirriar imparable de las máquinas. Sin embargo, no lo hace, y mientras su padre le habla, se mantiene bien despierto, con sus ojos bien atentos, pues sigue sin entender por qué para él está siempre igual el mar cada vez que acaba la semana.
–Porque las olas ayer sábado saltaban de contentas, ya que, al despertarse, recordaron que así, como tus ojos, estaban las aguas el viernes, así como cuando yo te miro, hijo mío, así como cuando tú me miras con tu dolor ahí concentrado, y a mí, extrañamente, me entran ganas de vivir.
Miguel, que no sabe lo que le ha querido decir, a lo mejor algún día lo entiende, y para que su padre no se preocupe, para que no se le borre la sonrisa, se ha metido dentro de casa a taparse por un buen rato las orejas.
Del otoño es muy fácil decir que son bonitas las hojas amarillas. Y también los reencuentros, después del verano. Y que los patos del canal están mucho más guapos a la luz del atardecer. Sin embargo, yo siento alivio cuando piso las hojas amarillas. No me compadezco. Su crujido es lo más parecido que me he encontrado a un lamento y la calma que viene después. Del otoño, además, sólo recuerdo despedidas. Los patos a veces voy y están dormidos y vuelvo a casa con la bolsa llena de migas de pan. Que si tengo hambre, me las como, mirando por la ventana del cuarto de baño la pared vacía de la casa de enfrente. Pero si no... Duele mirar una bolsa llena de migas de pan cuando en casa el suelo no está cubierto de hojas amarillas.
Del otoño también es muy fácil decir que las aguas del río no queman de frío todavía y que sólo hay cierzo un día de cada tres. Y que el cielo se pone rojo a eso de las siete. Y que muchos cuadernos se llenan de listas de deseos. Del otoño es tan fácil hablar que todo el mundo conoce sus colores y que suena a música de violines, y que sabe a las primeras sopas y que cala como las primeras nieblas, tan adentro, que dicen que eso se llama melancolía. Sin embargo, a mí nadie me ha explicado todavía cómo se dice adiós cuando es otoño sin que te tiemble la voz, ni cómo se mira hacia adelante después de intentar decirlo, sin entender por qué estamos en septiembre, sin quedarse atrás, sin saber, sin poder, sin tener la más mínima idea de cómo se escriben la luz, las hojas y la música de los violines.
Imagen: Egon Schiele.
Luis Cernuda.


-Era Cynthia otra vez. Que el autobús va con retraso y ahora está parada no sabe ni dónde, estirando las piernas. No sabe a qué hora va a llegar. Que nos vayamos a dormir, me ha dicho, que no la esperemos despierta si vemos que tarda mucho.
-Vaya, pobre, vendrá agotada. Estos viajes tan largos...
-Y en autobús.
-¡Y con este calor!
-¿La reconoceré? No sé si voy a saber.
-Figúrate, Gerry, con la de años que han pasado.
-Pero sigue más o menos igual, ¿verdad, Wendy? Ahora es una señora solterona, pero la cabeza la sigue teniendo como siempre.
-¡Llena de pájaros!
-¡Maggie!
-Hola, cariño, ¿te encuentras un poco mejor?
-Sí, gracias.
-Siéntate aquí, querida. ¿Te apetece un poco de té?
-Oh, Rose, te lo agradecería. Tanto sueño me ha dejado atontada. ¿Qué hora es?
-Las siete.
-¿Ya? Vaya, Gerry, ¿y por qué no has venido a despertarme? Disculpadme la ausencia, por favor...
-Ah, Maggie, estabas traspuesta y necesitabas descansar. ¿Qué hay de malo?
-Nada, es verdad. ¿Y Ted?
-Sigue en el cuarto de baño.
-¿Todavía? ¿Pero estará bien?
-Se le pasará. No podemos hacer nada cuando se encierra, créeme que es mucho mejor así, y se le pasará, ya lo verás.
-¿Y Patrick?
-Se fue hace un rato, ¿con quién dijo que se iba?
-Qué importa, con cualquiera de sus amorcitos.
-¡Quiero divertirme! ¡Rose, quiero divertirme!
-Martha, si estabas tan tranquila...
-¡Pero quiero divertirme!
-Oh, tiene razón, si no hacemos nada nos vamos a quedar pasmados del calor. Rose, ¿por qué no nos recitas poemas como hacías de niña? Hay que ver cómo te gustaba...
-Seguro que todavía los recuerdas.
-Qué dices, Gerry, ¿cómo voy a acordarme yo de esas cosas?
-Vamos, pequeña Rose, ¡si los tendrás escritos!
-Y yo sé dónde están...
-¡Wendy, no empieces!
-Y voy a ir a por ellos...
-¡Wendy!
-Venga, Rose, si lo sé hasta yo, que llevaba tanto tiempo sin venir. Están en el armario verde, seguro.
-Pero bueno, ¿qué os ha dado ahora?
-¡Rose, Rose, Rose!
-¿Y por qué tengo que ser yo quien recite nada?
-¿Quién si no?
-Será bonito, ¿no crees?, leerte de niña.
-¡Rose, Rose, Rose!
-Oh, está bien, voy a buscarlos sólo por no tener que aguantaros. Pero sólo uno, ¿me oís? Y luego, si queréis, que baile el gato.
-¿Qué gato?
-Oh, Maggie, es un decir...
-Ah.
-A buenas horas iba a estar yo aquí si hubiese un gato, ¿eh, Susie?
-Les tiene alergia.
-¿No me digas?
-Desde hace muchos años, desde lo de mi piel, ya sabes, desde que me salieron las arrugas.
-Hace poco fuimos las dos a los almacenes que han abierto nuevos, allí por donde la oficina de Billy, fuimos... ¿qué es lo que buscábamos, Wendy?
-Un vestido que te entrara con esa tripa tan redonda que tienes, Susie.
-Oh, sí, es verdad, porque los que tenía de mis embarazos anteriores estaban que daban pena. Pues fuimos, y había una tienda de animales y nos quedamos embobadas mirando los loritos que tenían en las jaulas, hasta que ella empezó a estornudar...
-Primero casi nada, uno, dos, tres estornudos sueltos.
-Y luego cada vez más seguidos, que no podía parar, la pobre, y los brazos se le llenaron de sarpullidos violetas.
-Fatal, me puse fatal.
-Y de repente vimos tres gatos en otras tres jaulas y lo entendimos enseguida.
-Vamos, Maggie, que no verás nunca un gato en esta casa, ¡a no ser que alguien quiera matarme!
-Vaya.
-Ya estoy aquí.
-Oh, querida, déjame presentarte como si esto fuera un espectáculo.
-¿Pero por qué tanto paripé?
-¡Para divertirnos, Rose, para divertirnos!
-Con todos ustedes...
-¡Rose, Rose, Rose!
-¡La niña de las trenzas de oro!
-¡Rose, Rose, Rose!
-¡La niña de las palabras nuevas! ¡La niña... de los versos en los dedos!
-Ay.
-¡Venga, ya puedes!
-Al azar, ¿eh? El que salga lo leo.
-Que sí, que sí... Redobles, por favor.
-Trrrrrrrrrrrrrrrrrrr...
-Trrrrrrrrrrrrrrrrrrr...
-¡Tachaaaaaaaán!
-Éste ha salido: mi poema número treinta y cinco.
-Caray, Rose, si que te cundía...
-¡Calla, que la pones más nerviosa! Vamos, vamos...
-Ay, dice:
Este reloj no escribe
el tiempo porque el tiempo
es un hilito invisible
y mi reloj no puede verlo.
Este reloj está siempre
en silencio porque el silencio
es el tiempo que pasa
y no tiene música, ni tic ni tac.
Mi reloj no sabe qué hora es
porque a veces se detiene.
Mi reloj dice ssshhhhh
y yo le entiendo.
Está lleno de silencios
como el sol después de la comida,
sea la hora que sea.
-Oooh...
-Ya está.
-Rose, eras una monada de niña...
-Es de cuando se murió papá.
-¡Ted!
-¡Por fin sales! ¿Cómo estás?
-Como los relojes.
-¡Y tendrás hambre!
-Sí, un poco.
Imagen: ¿?
