24 octubre 2009

Debajo de la piel



19 octubre 2009

En La PuErTa


Hace un par de noches soñé con un caracol y ese caracol era Gerry Wilson. Esto no es ninguna broma, ni mucho menos una de mis tantas fantasías. Lo soñé de verdad y enseguida pensé que se debía a que, poco antes de acostarme, había estado metiendo las narices donde, últimamente, parece ser que no me llaman, en La vida de los caracoles. Gerry Wilson era un caracol y hablaba. Estaba en medio de su odiado y querido camino y yo también estaba por allí. Por poco lo piso, por poco se repite lo que ya me pasó una vez: ese crujido bajo mi suela después de un día de lluvia y un caracol menos. O un caracol más, según se mire. Luego, mis lágrimas. Pero en el sueño, el caracol que era Gerry ya he dicho que hablaba, diría que casi gritaba, y él mismo, con su palabra, acabó por salvarse la vida. Se hizo escuchar y yo retiré mi pie a tiempo. Y así como nunca había sido, si acaso una vez, una mañana, cuando se puso a reprocharle cosas al despreocupado de Patrick, así que incluso parecía seguro de sí mismo, me dijo: Tú siempre te dejas las cosas a mitad.

Si ocurrió algo más yo ya no lo recuerdo. Me desperté. Me incorporé. Y a ver éste quién se cree que es, pensé, para decirme a mí lo que... lo que a decir verdad, aunque también según se mire, supongo, no es ninguna mentira. Me bebí casi de un trago una botella de agua y me escurrí de nuevo entre las sábanas. Ya no me dormí. A los pies de mi cama estaban, traspapelados, todos los capítulos, las sendas, que dice Alfaro, de cada caracol. Las primeras, las corregidas, las que he seguido escribiendo en silencio, el dibujo de un árbol hasta arriba de caracoles llenándolo todo de baba, más dibujos de caracoles sobre palabras, sobre muerte, por ejemplo, sobre culpa, sobre silencio. Puntos suspensivos. Esto era lo último. Así: ... O esto es esa mitad y lo que sigue son unos cuantos folios en blanco, a esperas, por escribir. Pero cómo, cuando una siente que no sabe continuar. No voy a negarlo: desde que llegó el verano tengo Los caracoles atragantados. Tengo el final desde el principio y ahora estoy en esa mitad en la que puedo decidir si seguir caminando o abandonar, como en tantas otras cosas, y hacer como que me olvido. Ésta última no me convence porque ya sé lo que duele. Vale, me digo, entonces sigo. Y entonces descubro que no sé. Y me doy unas vacaciones. Y se acaban, pero sigo sin saber. Y venga, va, me las alargo un poco. Y me concedo ese capricho y cuando vuelvo todo sigue siendo igual. Y si sólo fuera eso, si sólo fuera que, por lo que sea, este momento no es el de seguir con esta historia, no pasaría tanto. Pero es más. Es como si yo fuera ese árbol de mi dibujo y los caracoles, sobre mi cuerpo, no me permitieran ver nada más. Es, y dejándome de rodeos, como si quisiera escribir también otras cosas y Los caracoles no me dejaran. Primero, porque no quieren quedarse así (iba a decir inacabados, pero qué acaba en realidad), digamos que a medias, y segundo, porque siento que me han robado eso que a lo mejor antes tenía y con lo que sencillamente escribir ya me bastaba, y lo que salga, y lo que sea, me decía, así es. Así era.

A principios del verano, cuando Gerry, Rose, Ted, Wendy, tantos, empezaron a quedarse muy quietos, congelados como en ese juego de las estatuas, abrí un nuevo blog. Lo llamé Debajo de la piel. Pensé que si nadie de Hiss Town se enteraba de su existencia, yo podría seguir escribiendo, a escondidas, y por fin a mis anchas, lo que me apeteciera. Como si en La luna no pudiera (y no puedo), como si el papel de La luna fuese sólo papel para caracoles (que aunque no es así, lo es). Sin embargo, no pude evitar sentir que estaba traicionando al pueblo entero, traicionándome a mí misma y también a vosotros. Por eso lo dejé pasar. Seguía estando ahí, el blog, y de vez en cuando me asomaba, me imaginaba cómo me gustaría que fuese, pero en ningún momento me atreví a abrir sus puertas del todo para dejarme, dejaros, pasar. Ahora creo que ya sí. El sueño de hace dos noches, no sé por qué, me dio un buen empujón, aunque lo lógico hubiese sido todo lo contrario, por el peso de las palabras de Gerry, el caracol. Que Bel un día nos descubriera su nombre también fue otro pequeño empujón. Esto no quiere decir que yo ahora vaya a descubrir el mío (que, en el fondo, ya ves tú qué más me iba a dar, si muchos de vosotros ya lo conocéis), porque yo me siento cómoda en mi garabato, me siento muy como yo creo que soy, y cuando lo veo, (*, aunque para muchos haya derivado en Luna, en Lunita, en Lunera, en tantas lunas a las que también les tengo mucho aprecio, yo sigo sin saberlo pronunciar, me quedo siempre en silencio y es entonces cuando me reconozco. Hableyso de Bel lo entendí como un cambio. Para ella. Para mí. Aunque en el fondo todo siga siendo igual y ella siga siendo Bel. Después de esa entrada suya me planteé abrir la puerta. Luego me eché atrás. Me daba cosa, me daba pena dejar la luna. Pero hace nada, un día va Fusa y cambia su show por unos Fragmentos de interior. Y otra vez lo mismo. Otro pequeño empujón. Otra señal, pensé. Ella cómo iba a saberse que acababa de ponerme la llave sobre la palma de la mano. Y venga, (*, ahora es el momento, y dale que sí y dale que no, que cómo iba a dejar la luna, con el cariño que le tengo, con todo lo que me ha dado, con todo lo que, seguro, todavía me puede dar. Una vez más, dejé el candado en la puerta y me guardé la llave en el bolsillo. Muy poco después, Lentitud, yo creo que sin darse cuenta, porque a veces parece que dice las cosas como quien ve la lluvia caer y no se inmuta, me abrió los ojos por... he perdido la cuenta de las veces, y sentí que ésa era la definitiva, que si gracias a él nació La luna, gracias a él también podía nacer Debajo de la piel. Pero la nostalgia a veces no es buena compañera y, de repente, me vi dando un repaso a todos mis garabatos, a todo lo que hay detrás de esos garabatos, y cuando me quise dar cuenta estaba llorando, como una boba, delante de la pantalla. Luego llegó el sueño. Y luego llegó que yo imaginaba cómo le decía a Gerry que ya no podía más, que si yo escribía era porque me encantaba (encantar de que me gusta y encantar de encandilarme, le decía), que si le había dado vida era porque lo necesitaba, él, yo, los dos, y que si quería seguir escribiendo, mejor, peor, da igual cómo, de todas formas, sin excepciones, era porque la imaginación todavía no me alcanza a poder ver que no lo haga, y porque sin más pretensiones que las de crecer por dentro, por fuera, y sentir que estoy aquí y que estoy viva, la necesitaba. La sigo necesitando. La necesito, la palabra. Sin embargo, ni aun con ésas. La puerta estaba atrancada.

Esta tarde, mi profesor de violonchelo, que ni por asomo creo yo que se hace una idea de lo importante que se ha convertido para mí, pretendía desmontar mi instrumento. He puesto cara de sorpresa y, la verdad, no sé muy bien por qué, porque ya me lo había dicho, que un día lo íbamos a despedazar, para verlo por dentro, para aprender a recolocarlo, pieza por pieza, cuerda por cuerda. Más que de sorpresa, en realidad, he puesto cara de susto. Cara de ni de coña. Pues así se lo he dicho, así se me ha escapado, así nos hemos echado a reír. Me ha debido ver tan indecisa, tan que no, que al final lo que ha hecho ha sido desmontar el suyo para que me diera cuenta de que no pasaba nada. Y parece que no pasa. Ahí estaba él como un chiquillo con su puzzle, desencajando y encajando cada pedazo de madera. ¿Ves como no?, me decía. No me digas que para el próximo día no te va a apetecer saber qué tiene tu violonchelo debajo de la piel. Ya estaba dicho. Él tampoco puede hacerse una idea de lo que me ha sucedido tras sus palabras, y por eso la clase, en apariencia, ha seguido su curso, con mis dedos luchando por pulsar bien las cuerdas, con mis desafinados. Como cualquier otro lunes desde que son tan especiales. Cuando ha terminado la clase, sin que él me viera porque me daba vergüenza, me he asomado a las dos f que tiene el violonchelo para ver qué era lo que me encontraba, y, después de un camino de vuelta a tumbos, a trompicones, de manos temblorosas, por fin he sido capaz y me he atrevido a abrir la puerta de mi nueva casa.

Digamos que estoy de reformas, por eso todavía no os invito. Digamos que tampoco le estoy diciendo adiós a La luna. Nada me gustaría más que despertarme un día, después de otro sueño, con la sensación de que sí puedo continuar con las sendas de mis Caracoles. Y de hacerlo, por supuesto, no podría ser en ningún otro lugar que no fuera éste, aquí, en el papel que le corresponde. Pero mientras tanto, tengo dentro un noséqué que me pide a gritos cambiar de aires. Espero que podáis comprenderme. Y os pido también mis más sinceras disculpas, porque si me queda una espinita clavada de todo esto, es la de tener la sensación, ya no de que me estoy fallando a mí misma, pues al fin y al cabo soy yo quien quiere este cambio, sino la de estar fallandoos a vosotros, que tantas veces habéis alentado mis palabras y que tan bien me habéis acompañado, a paso muy lento, como buenos caracoles.

Y una vez soltado todo este rollo (también disculpadme), supongo que sólo me quedan por decir esas dos mágicas palabras en las que parece que cabe tanto, todo, y que a mí, sin embargo, siempre me saben a tan poco, y que son “muchas” y “gracias”, a todos. Ojalá fueran de verdad esas otras palabras que a veces me invento, tal y como hacía Rose, para intentar expresar lo que no tiene nombre, lo importante que para mí ha sido este espacio y todos los muchos otros, los vuestros, que tanta vida me han dejado respirar. Os llevo a todos muy cerquita, y espero que siga siendo así, pese a cualquier distancia.



11 octubre 2009

aSí, CoMo TuS oJoS

Para Lentitud,
por todas las veces
que me abre los ojos.



Cuando Miguel vuelve del trabajo los domingos por la tarde, se sienta junto a su padre fuera de la cabaña. Sin decir nada, espera a que éste se ponga a contarle las cosas que el mar ha hecho durante la semana, el único mar que pueden ver sus ojos, que es el mar que está enfrente de casa. Así le dice, por ejemplo:
–Pues el lunes se puso violeta y fue porque el sol estaba muy enfermo, y las olas estornudaban porque ya sabes lo rápido que se contagian, y luego, el martes que lloviznó un poco, se llenó el mar de agujeros y hacía plin, plop, plin, hasta que el miércoles fue uno de esos días en los que se estuvo muy quieto y ni los barcos ni los peces más traviesos consiguieron que el agua se meneara...
El padre de Miguel siempre le cuenta esto y lo otro, pero no sabe que a su hijo el mar le suena como las máquinas. Y todo, al fin y al cabo, por cuatro monedas de nada. Miguel nunca se lo ha dicho porque bastante tiene su padre con tener el corazón lleno de pena y unas piernas que se han olvidado de cómo caminar, pero pronto harán ya seis años, el tiempo que lleva trabajando en la fábrica, que Miguel en sus oídos no tiene otra cosa que no sea el sonido de cuando chirrían las máquinas, bien pegado a los tímpanos, incluso cuando llega el domingo y el jefe las para. Las máquinas no se callan. Es, piensa Miguel, como si masticaran, como si se contaran sus vidas y él tuviera que escucharlas. Y a veces no puede, a veces le duele y, cuando ya no lo soporta, se chafa las orejas con las dos manos hasta que se le ponen rojas de tanto que se las aprieta, y ni aun con ésas consigue adormecer el ruido. Es, sigue pensando Miguel, mucho peor que cuando de niño cogió una otitis por una corriente muy fría de aire. Es como cristales rotos y alguien que los pisa, se dice, pero luego se lo calla porque desde que está en la fábrica que Miguel casi no habla. No lo hace porque a veces el jefe pide, a gritos, un poco de silencio. Pide que todo el mundo se calle y allí, más les vale, todos son muy obedientes menos las máquinas. Aunque por no hablar, Miguel no habla ni siquiera en los descansos, cuando salen a tomar un poco el fresco y algunos fuman, y otros comen, y otros buscan un lugar donde caerse muertos, pero todos, porque es ése el momento, coinciden en una cosa y es que todos, menos Miguel, hablan, se cuentan lo que les pasa. Que si con la parienta, o que si con la amante, o que si con la suegra o la hija la mayor. Miguel ha llegado a pensar que no tiene nada que decir. Desde que se pasa los días enteros entre tanto ruido y tanto peso, entre una y otra vez la misma historia, cree que se está volviendo chiquitín, se siente como un guisante, y un poco, en realidad, ya ha empezado a resignarse. Como no ha conocido otra, entiende que la vida es así. Así de perra. Así que hay que trabajársela. Así. Con todo el calor que hace en la nave de las máquinas, así que se derrite y no de otra manera. No se plantea otra cosa, tampoco puede, que no sea la de dejarse cada día la piel en el trabajo y fingir que oye el mar que su padre dice que escucha. Toma por único consuelo su sonrisa.
Miguel, cuando los domingos vuelve a casa después de una semana que siempre es más dura que la anterior, aunque entonces está como su padre, que no se tiene, hace el esfuerzo y se aguanta el cansancio, abre sus ojos hasta más no poder. Ya que no habla, ni oye el silencio ni sabe cómo soñar, qué menos, se le ocurre, que mirar bien por dónde anda para no acabar tropezándose con cualquier piedra. El mundo, su mundo que no es más que el trabajo, y a ratos su casa y también algo de hambre cuando se acerca a final de mes, está siempre ahí, en su mirada, a la vista de todos y para los demás. Y cuando Miguel por fin llega a su casa y se sienta junto a su padre, espera cada domingo que sus ojos caigan por su propio peso, que pueda dormirse un rato en la cabaña, aunque sea con el chirriar imparable de las máquinas. Sin embargo, no lo hace, y mientras su padre le habla, se mantiene bien despierto, con sus ojos bien atentos, pues sigue sin entender por qué para él está siempre igual el mar cada vez que acaba la semana.
–Porque las olas ayer sábado saltaban de contentas, ya que, al despertarse, recordaron que así, como tus ojos, estaban las aguas el viernes, así como cuando yo te miro, hijo mío, así como cuando tú me miras con tu dolor ahí concentrado, y a mí, extrañamente, me entran ganas de vivir.
Miguel, que no sabe lo que le ha querido decir, a lo mejor algún día lo entiende, y para que su padre no se preocupe, para que no se le borre la sonrisa, se ha metido dentro de casa a taparse por un buen rato las orejas.





Imagen: Ramón Casas.

26 septiembre 2009

DeL oToÑo



Del otoño es muy fácil decir que son bonitas las hojas amarillas. Y también los reencuentros, después del verano. Y que los patos del canal están mucho más guapos a la luz del atardecer. Sin embargo, yo siento alivio cuando piso las hojas amarillas. No me compadezco. Su crujido es lo más parecido que me he encontrado a un lamento y la calma que viene después. Del otoño, además, sólo recuerdo despedidas. Los patos a veces voy y están dormidos y vuelvo a casa con la bolsa llena de migas de pan. Que si tengo hambre, me las como, mirando por la ventana del cuarto de baño la pared vacía de la casa de enfrente. Pero si no... Duele mirar una bolsa llena de migas de pan cuando en casa el suelo no está cubierto de hojas amarillas.
Del otoño también es muy fácil decir que las aguas del río no queman de frío todavía y que sólo hay cierzo un día de cada tres. Y que el cielo se pone rojo a eso de las siete. Y que muchos cuadernos se llenan de listas de deseos. Del otoño es tan fácil hablar que todo el mundo conoce sus colores y que suena a música de violines, y que sabe a las primeras sopas y que cala como las primeras nieblas, tan adentro, que dicen que eso se llama melancolía. Sin embargo, a mí nadie me ha explicado todavía cómo se dice adiós cuando es otoño sin que te tiemble la voz, ni cómo se mira hacia adelante después de intentar decirlo, sin entender por qué estamos en septiembre, sin quedarse atrás, sin saber, sin poder, sin tener la más mínima idea de cómo se escriben la luz, las hojas y la música de los violines.





Imagen: Egon Schiele.

20 septiembre 2009

FrAgMeNtOs (V)


Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda.







Coreografía: Bella figura, Jiri Kylian.

11 septiembre 2009

AcErCaNzA

Para mi violonchelo

y mientras
a esperas de saber tocarte
me acerco a ti y te miro
y si me atrevo te rozo
y si aún me atrevo más
te escucho el silencio
y tiemblo
mientras te miro
y no me veo
tiemblas
tú también por dentro
si te rozo y si me acerco
porque te quiero escuchar
tan cerca y casi
no nos conocemos
espero
esperas
y mientras tanto
soñar todavía puedo
más sueño
cuanto más me acerco
a esperas de saber cómo abrazarte.

26 agosto 2009

Un MoMeNtO

Ella no sabe nadar porque nunca ha tenido la oportunidad de que le enseñen. Él lo hace todas las mañanas. A ella, además, le cuesta mucho caminar. Él siempre le ofrece su brazo y la lleva hasta la orilla. Ella de ahí no pasa, le da miedo. Él le dice que a remojo se está divino. Me da cosa, dice ella. Yo te sostengo, dice él. No, yo me vuelvo -ella. Te acompaño -él. Todos los días de julio y agosto.

Hoy ella miraba el mar, sentada, bajo su sombrilla. Él ha llegado más tarde. ¿Pero a dónde has ido?, le ha preguntado ella. Mira, le ha dicho él. Llevaba un flotador entre sus brazos. ¿Para mí? -ella. Pues claro -él. Ella le ha dicho: me da vergüenza. Él ha contestado: ¡Qué te va a dar! Es que a mis años... -apurada. ¡En la flor de la vida! -entusiasmado. Él se ha vuelto hacia mí, que, muy indiscreta, observaba el momento: ¿Verdad?, me ha dicho. Por supuesto, he confirmado.

Instantes después:

La ternura de un flotador rojo trepando por sus piernas.

Sus primeros pasos más allá de la orilla.

-Vaya, hay algas -ha dicho él.

-Pero me gusta -ella.

13 agosto 2009

VeRsOs, o No




















Tanto es
un hilo de luz que se hunde en la nube
y un olvido.

Tanto es
cuando me pierdo y no sé volver
y también un pálpito en los dedos.

Como si miraras hacia adelante,
eso es tanto.

Y casi nada es
un tanto que no se entiende
pero que está ahí.

Tanto es
temblar cuando hace calor
y un soñaré despierta.

¿Como si contaras hasta el infinito?,
eso es casi nada.

Casi nada también es

escribir tu nombre en un espejo
y luego intentar leerte.

Y tanto es
como cuando te escuchas respirar
y descubres que hay un hueco.


Como si miraras hacia atrás,
eso es tanto y casi nada.







Imagen: Joan Miró.

09 agosto 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXXIV)



-Era Cynthia otra vez. Que el autobús va con retraso y ahora está parada no sabe ni dónde, estirando las piernas. No sabe a qué hora va a llegar. Que nos vayamos a dormir, me ha dicho, que no la esperemos despierta si vemos que tarda mucho.

-Vaya, pobre, vendrá agotada. Estos viajes tan largos...

-Y en autobús.

-¡Y con este calor!

-¿La reconoceré? No sé si voy a saber.

-Figúrate, Gerry, con la de años que han pasado.

-Pero sigue más o menos igual, ¿verdad, Wendy? Ahora es una señora solterona, pero la cabeza la sigue teniendo como siempre.

-¡Llena de pájaros!

-¡Maggie!

-Hola, cariño, ¿te encuentras un poco mejor?

-Sí, gracias.

-Siéntate aquí, querida. ¿Te apetece un poco de té?

-Oh, Rose, te lo agradecería. Tanto sueño me ha dejado atontada. ¿Qué hora es?

-Las siete.

-¿Ya? Vaya, Gerry, ¿y por qué no has venido a despertarme? Disculpadme la ausencia, por favor...

-Ah, Maggie, estabas traspuesta y necesitabas descansar. ¿Qué hay de malo?

-Nada, es verdad. ¿Y Ted?

-Sigue en el cuarto de baño.

-¿Todavía? ¿Pero estará bien?

-Se le pasará. No podemos hacer nada cuando se encierra, créeme que es mucho mejor así, y se le pasará, ya lo verás.

-¿Y Patrick?

-Se fue hace un rato, ¿con quién dijo que se iba?

-Qué importa, con cualquiera de sus amorcitos.

-¡Quiero divertirme! ¡Rose, quiero divertirme!

-Martha, si estabas tan tranquila...

-¡Pero quiero divertirme!

-Oh, tiene razón, si no hacemos nada nos vamos a quedar pasmados del calor. Rose, ¿por qué no nos recitas poemas como hacías de niña? Hay que ver cómo te gustaba...

-Seguro que todavía los recuerdas.

-Qué dices, Gerry, ¿cómo voy a acordarme yo de esas cosas?

-Vamos, pequeña Rose, ¡si los tendrás escritos!

-Y yo sé dónde están...

-¡Wendy, no empieces!

-Y voy a ir a por ellos...

-¡Wendy!

-Venga, Rose, si lo sé hasta yo, que llevaba tanto tiempo sin venir. Están en el armario verde, seguro.

-Pero bueno, ¿qué os ha dado ahora?

-¡Rose, Rose, Rose!

-¿Y por qué tengo que ser yo quien recite nada?

-¿Quién si no?

-Será bonito, ¿no crees?, leerte de niña.

-¡Rose, Rose, Rose!

-Oh, está bien, voy a buscarlos sólo por no tener que aguantaros. Pero sólo uno, ¿me oís? Y luego, si queréis, que baile el gato.

-¿Qué gato?

-Oh, Maggie, es un decir...

-Ah.

-A buenas horas iba a estar yo aquí si hubiese un gato, ¿eh, Susie?

-Les tiene alergia.

-¿No me digas?

-Desde hace muchos años, desde lo de mi piel, ya sabes, desde que me salieron las arrugas.

-Hace poco fuimos las dos a los almacenes que han abierto nuevos, allí por donde la oficina de Billy, fuimos... ¿qué es lo que buscábamos, Wendy?

-Un vestido que te entrara con esa tripa tan redonda que tienes, Susie.

-Oh, sí, es verdad, porque los que tenía de mis embarazos anteriores estaban que daban pena. Pues fuimos, y había una tienda de animales y nos quedamos embobadas mirando los loritos que tenían en las jaulas, hasta que ella empezó a estornudar...

-Primero casi nada, uno, dos, tres estornudos sueltos.

-Y luego cada vez más seguidos, que no podía parar, la pobre, y los brazos se le llenaron de sarpullidos violetas.

-Fatal, me puse fatal.

-Y de repente vimos tres gatos en otras tres jaulas y lo entendimos enseguida.

-Vamos, Maggie, que no verás nunca un gato en esta casa, ¡a no ser que alguien quiera matarme!

-Vaya.

-Ya estoy aquí.

-Oh, querida, déjame presentarte como si esto fuera un espectáculo.

-¿Pero por qué tanto paripé?

-¡Para divertirnos, Rose, para divertirnos!

-Con todos ustedes...

-¡Rose, Rose, Rose!

-¡La niña de las trenzas de oro!

-¡Rose, Rose, Rose!

-¡La niña de las palabras nuevas! ¡La niña... de los versos en los dedos!

-Ay.

-¡Venga, ya puedes!

-Al azar, ¿eh? El que salga lo leo.

-Que sí, que sí... Redobles, por favor.

-Trrrrrrrrrrrrrrrrrrr...

-Trrrrrrrrrrrrrrrrrrr...

-¡Tachaaaaaaaán!

-Éste ha salido: mi poema número treinta y cinco.

-Caray, Rose, si que te cundía...

-¡Calla, que la pones más nerviosa! Vamos, vamos...

-Ay, dice:

Este reloj no escribe
el tiempo porque el tiempo
es un hilito invisible
y mi reloj no puede verlo.

Este reloj está siempre
en silencio porque el silencio
es el tiempo que pasa
y no tiene música, ni tic ni tac.

Mi reloj no sabe qué hora es
porque a veces se detiene.
Mi reloj dice ssshhhhh
y yo le entiendo.

Está lleno de silencios
como el sol después de la comida,
sea la hora que sea.

-Oooh...

-Ya está.

-Rose, eras una monada de niña...

-Es de cuando se murió papá.

-¡Ted!

-¡Por fin sales! ¿Cómo estás?

-Como los relojes.

-¡Y tendrás hambre!

-Sí, un poco.





Imagen: ¿?

04 agosto 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXXIII)



El regalo de Ted para nuestra boda fue un despertador, y aunque por entonces estaba más... ¡Óyeme, Wendy! Cuando me casé, ¿verdad que Ted estaba más... La palabra que me ha dicho Wendy es "socible" o "ssssacible" o algo parecido ha dicho, porque como mientras la pronunciaba me estaba dando un beso no me he enterado muy bien. Lo que yo digo es que Ted estaba más con las personas, más abierto, que creo que es lo que se suele decir, y no como ahora, que está otra vez muy suyo. Pero de todas formas, el despertador que nos regaló a Billy y a mí cuando nos casamos estaba como él está casi siempre y no como estaba cuando me vestí de blanco y me hicieron sentir muy guapa: estaba lleno de silencios. No sé si me voy a saber explicar. Que a mí un despertador no me hacía falta porque yo me despierto siempre antes de que salga el sol, y a Billy tampoco le hacía falta porque si, desde aquel día, íbamos a dormir juntos, uno al lado del otro, en la misma cama, tapaditos los dos por la misma sábana, ¡y qué extraño era al principio!, pues iba a poder despertarle cuando él quisiera porque para esa hora seguro que yo iba a estar ya en pie quemando las tostadas del desayuno. Y así fue, que no lo utilizábamos para nada, y pasadas unas semanas, como no sabíamos qué hacer con el despertador, porque por relojes en casa no será, uno en cada cuarto y hasta otro de arena que cae y cae y cae al fondo del todo y cuando deja de caer ha pasado ya un buen rato, y como nos sabía muy mal deshacernos de él, porque son estas pequeñas cosas las que a Ted le afectan más de tanto, más que las grandes incluso, y entonces no hay vuelta atrás y se pone como él se pone y poco puedes hacer tú, la señora Franklin me propuso darle otros usos como, por ejemplo, el de calcular el tiempo de las tostadas para que no se me quemaran, o también los veinte minutos que, normalmente, Billy tarda en llegar al trabajo, en este caso para poder llamarle en cuanto entra por la puerta de la oficina y tranquilizarle con un: todo bien, cariño, todo bien. A mí me pareció buena idea porque todo lo que la señora Emily Franklin me decía que hiciese a mí me parecía que lo era, aunque solamente fuera por el cariño con el que me decía las cosas, y el día que me decidí a poner el despertador a prueba, apenas un minuto para las tostadas, no dio la alarma y las tostadas se me quemaron como el resto de las mañanas, y luego Billy se preocupó también mucho, por qué no me llamas, por qué no me llamas, me dijo su voz asustada al otro lado del teléfono cuando, imaginándose cualquier desgracia, apurado, se había roto la rutina, tuvo que llamarme él. El despertador de Ted, me lo dijo el relojero, no avisaba con su... estr... Cuando hace mucho ruido, Gerry, ¿cómo se dice que es? Ah, claro, estrepitoso ruido, que no lo hacía el despertador de Ted. Pero que no tenía problemas en apariencia, me dijo, que el mecanismo era el correcto, que no se había roto nada, pero que, sin embargo, no podía saber por qué, aquél no era un despertador normal, y esta palabra le salió atragantada porque mientras la estaba diciendo se dio cuenta de que a quien se la decía era a mí, que tampoco lo soy, al parecer. Desilusionada, volví a casa. Lo probé mil veces más y ni tic tac hacía cuando llegaba el momento. Hacía la nada, hacía silencios cuando llegaba la hora programada. Se callaba por un rato hasta que yo lo paraba, el silencio, y siempre me invadía la sensación de que algo raro estaba pasando cuando se callaba, como cuando Ted también se calla, que sabes que algo ocurre pero no sabes qué es y es, con el tiempo me fui dando cuenta, en el caso del reloj, que el mundo entero se queda sin voz ante esos segundos, aunque sólo sean segundos, de profundo silencio. Pero todo esto, claro, no lo descubrí de la noche a la mañana. ¡Que no funciona, Billy, que no funciona este trasto!, le decía enfadada siempre que volvía a casa, y entonces chillaba mucho porque lo que necesitaba eran unos besos que me calmaran. Varios meses tuvieron que pasar para que yo me enterara de la pe... pe... ¡Rose, quiero más pastel! Pe... pe... Gracias, Rose, ¡está de bueno! De la peculiaridad del despertador, quería decir. Y varios meses fueron los de esa primavera y hasta el principio del verano tuvo que pasar, que fue cuando a Ted le salieron de nuevo, como al despertador, los silencios que tiene dentro, no recuerdo por qué fueron esa vez. Entonces lo descubrí, que para despertarse no hacía falta el ruido, ni para calcular el tiempo tampoco, porque el silencio, a veces, es mucho más que suficiente, es mucho más atronador. Y una mañana que Ted estaba en el campo, fui hasta él porque se lo quería decir, que yo sabía cómo se sentía, que yo lo había sentido gracias a su reloj, del que me encapriché como una niña con sus muñecas, todo el día con el despertador, y que no se podía decir con palabras, le dije, lo que se sentía porque era algo muy hondo y muy callado que estaba más o menos por ahí, y ahí le dije, señalándole la barriga, que sólo quien lo tenía dentro sabía lo que era sin poderlo decir. Él me miró con unos ojos que no he vuelto a ver. Me abrazó, muy fuerte, como si nunca nadie le hubiese dado un abrazo, y yo lo sentí de nuevo, pesando sobre mí, el silencio. Luego me volvió a mirar, ya eran otros ojos, y me dio un beso sin que yo se lo tuviera que pedir, un beso largo y sin sonido, un beso de los más bonitos, que fue en los labios, que le quemaban, que le temblaban. Supe que fue en ese momento exacto cuando el despertador, que estaba en casa, volvió a quedarse callado, sólo que esa vez fue para siempre. Los campesinos dijeron que el viento ululó aquella tarde y removió los cultivos, pero nosotros no pudimos escucharlo. A la mañana siguiente, el despertador había desaparecido. Lo busqué por todas partes bajo la mirada indiferente de Billy, lo busqué y puse la casa patas arriba, pero no apareció, días y días que lo estuve buscando. Jamás lo he vuelto a ver. Y es inevitable, no puedo controlarme, chillo más que nunca desde entonces.






Imagen: Albert Blanch.