Si acaso creen que iba a mantenerme al margen del reencuentro entre Susie y Gerry es que no me conocen. Ahora se miran entre ellos y se preguntan dónde he estado. Pues escondido, escuchando, ¿dónde si no? Donde todos ellos hubiesen deseado estar, la que más la inocente de Maggie, que por mucho que se esfuerce en disimular, es evidente, si es que se le nota, que se la están comiendo los celos, allí donde la ve uno que parece que no ha roto un plato en su vida, ja. Pues ya digo yo que la vajilla entera estaría dispuesta a romper si con ello consiguiese enterarse de qué ha estado hablando su maridito, oh Gerry, amigo, cómo te complicaste la vida, con la mujer más deseada de todo Hiss Town, ojo, y no sólo cuando era joven, que también ahora trae de cabeza a unos cuantos solterones y a otros tantos que no lo están. Oh, Susie, una vez te tuve entre mis brazos...
Sin decirse nada los dos se han acercado hasta los columpios del jardín. Yo he estado observando, cauto, resguardado entre los setos. Susie se ha sentado primero y Gerry le ha dado un ligero empujón para que su columpio se balanceara. Luego él se ha quedado quieto, sentado en el suyo. No podía quitar su mirada de la tripa redonda de Susie que se le dibuja por debajo del vestido. A mí el silencio me desquicia, muy nervioso me he puesto de tanto rato que han estado callados, sin que se cruzara una sola palabra, la una columpiándose sin parar y el otro petrificado, sus ojos fijos en la vida. Nada ha cambiado, o casi nada, porque incluso cuando eran jóvenes ya les gustaba lo de no hablar, lo de adivinarse con silencios, qué aburrimiento, por favor, a esos años, cuando lo que uno tiene que tener son ganas de comerse el mundo y gritar muy alto para que se le escuche, qué aburrimiento también hoy, ¡que pase ya algo o me voy a morir!, he pensado. Y Caroline ha sido el milagro, ha pasado por el camino en bicicleta. ¡Por fin, un divertimento! Oh, Caroline, Caroline, algún día te descubriré mis encantos.
-¡Hola, Susie! -le ha dicho mientras pedaleaba y sus piernas bronceadas, y se alejaba y la curva de sus caderas, y se perdía y su trasero sobre el sillín, contoneándose. Amo a todas las mujeres.
Y gracias a Dios que ha pasado, no sólo por mí, oh, Caroline, sino también por Susie y Gerry que, con sus palabras, oh, Caroline, tienes la misma voz que tu hermana Daisy, un poco más aguda, tal vez, han vuelto los dos a la realidad.
-¿De cuántos meses estás? - le ha preguntado Gerry, todavía sin quitarle ojo a la redonda tripa.
-Huy, Gerry, de siete meses, pero como si fueran ya nueve, ¿no me ves? Susie, Susie querida, estás tan impaciente por mirar el mundo con tus propios ojos que creces demasiado rápido. Dame la mano - le ha dicho a Gerry, y él ha hecho un gesto veloz y extraño con ella, como si quisiera pero no quisiera dársela -. ¡Dámela, Gerry, que no te va a comer!
-Oh, ¡la noto! - ha dicho él nada más posar su mano en la barriga de Susie, y luego se ha puesto rojo, maldita sea, ni si fuera un crío, ni si todo el sol hubiese caído de golpe sobre él, abrasándole la cara. Gerry, Gerry... qué nervioso que estaba.
-¿Quién es el padre? Rose ya me ha dicho que John...
-Oh, ¡maldito desgraciado! Sí, también él me abandonó. Pero con él no me sorprendí tanto como contigo - ha dicho Susie con una tranquilidad que en absoluto me esperaba -. A John se le veía venir. Se dio a la bebida desde el momento en que le dije que venía otro hijo en camino, mi pequeño Phillip, a él no lo conoces. Se pasaba el día entero allí donde Barry bebiendo cervezas y licores, volvía a casa borracho y me gritaba: ¿Cómo, cómo lo vamos a mantener, eh?, y le daba puñetazos a la pared, o a las puertas, o a la mesa de la cocina. Sólo una vez se le escapó la mano conmigo, sólo una vez. Me dio en la tripa, pero, en realidad, no quiso pegarme a mí, la gente no me entiende pero digo la verdad, porque a mí me quería, Gerry, me quería mucho, aunque todo el mundo piense lo contrario. A quien pegó fue a Phillip, porque por él nunca sintió lo más mínimo, no lo quería en este mundo, lo quería muerto dentro de mí. Pero a mí me quería, me quería tanto, y sabía del esfuerzo de cuidar a unos hijos, sobre todo del mío, que se me iba la vida en ellos, decía, y por eso acabó hundiéndome su puño en mi tripa tersa, lo hizo por los dos y por los hijos que ya teníamos, para que pudiésemos vivir sin complicaciones. Yo rompí aguas un minuto después, él me llevó al hospital, nació el bebé y luego se fue, con la vergüenza en los ojos tuvo que irse cuando supo que su hijo era tan fuerte que había conseguido hacer frente a sus golpes de casi muerte. Phillip tiene un hoyuelo en su mejilla izquierda y sabe que es por el puñetazo que su padre le dio. Alguien debió contarle la historia porque un día volvió de la escuela y me dijo: este agujerito me lo hizo papá, ¿a que sí, mamá, a que me lo hizo papá? Ese padre que no conoce. Sólo Johnny conoce al suyo, que es John, por eso creo yo que me ha salido tan gamberro, de tal palo tal astilla, que se suele decir. Pero Pete a ti no te conoce, te ha visto, pero no sabe que eres su padre y yo no tengo fuerzas para contárselo, Phillip sabe que el suyo le hizo un agujerito en la mejilla pero, demonios, tampoco sabe quién es, y la pequeña Susie tampoco lo sabrá, qué desdichada, ni yo lo sé esta vez, Gerry, fíjate lo que te digo, ni yo sé quién puede ser.
Yo no he entendido nada. ¿Por qué le contaba todo eso como si no fuera importante? ¿Y los humos de Susie? ¿Y todos los reproches que estaba deseando escupir sobre Gerry? ¿Por qué tanta venganza contenida? Oh, yo que deseaba que hirvieran las palabras, saber, antes que nadie, los detalles del chismorreo, ver como Susie le daba a Gerry su merecido.
-Mira, Susie, yo...
-Tú nada, no lo empeores porque estoy haciendo un gran esfuerzo por intentar mantener la calma y no sabes lo que me está costando. Porque si por mí fuera, oh, Gerry, si por mí fuera...
Y ha vuelto a hacerse el silencio, pero muy tenso esta vez, de los que parecen que chantajean con su falta de sonido: o yo, tan nervioso, o un montón de palabras que no quisieras escuchar, así de oportunista, el silencio. A mí se me ha escapado un estornudo y Gerry ha mirado a su alrededor. Me ha salvado Terry Kingsley, que en ese momento ha pasado por el camino, oh, las manos de Terry son las más bellas de este mundo, sus caricias, oh, miel, y Gerry ha creído que había sido ella, ¡menos mal!, y ha vuelto a despreocuparse hasta que han empezado los gritos, los de Martha, que venían de la casa y han roto toda la tranquilidad. Incluso Terry se ha vuelto hacia la hospedería con cara de preocupación de lo mucho que se escuchaban. Gritaba incomprensiones, gritaba como grita ella y nadie más, mucho, como si su grito saliera de nuestro cuerpo, así grita Martha, desde ella y desde todos nosotros, y gracias a su locura, yo no sé qué tiene esa mujer en la cabeza, se ha desatado la de Susie, ¡qué espectáculo, por fin, fuegos artificiales!, que se ha visto alentada por los gritos y no ha podido remediar ni contener ni tragar por más tiempo toda su ira.
-¡Dame una explicación, Gerry! ¡Dámela! ¿Acaso no te doy lástima? - ha dicho a voz en cuello, con la mirada rota, mezclándose sus chillidos con los que venían de la casa -. ¿No éramos felices? Oh, por Dios, Gerry, ¿es que se te olvidó de la noche a la mañana todo lo que tú y yo éramos? ¡El día de nuestra boda! ¡Maldito sinvergüenza! ¿En qué pensaste? ¡Y en qué has pensado todos estos años para que tengamos que estar hablándolo ahora, tan tarde!
Gerry se ha hecho pequeño, ¿acaso pensaba que todo iba a salirle bien?, y ha dejado de mirar la tripa de Susie para mirarse sus propios pies, con los ojos pequeños, con la honradez muy pequeña, con un miedo sin mesura.
-Éramos la esperanza de las olas - balbucenado, trémulo, ha dicho.
-¡Déjate de versos!
-Eso nos decía Bob.
-¡Y deja a Bob en paz, que está muerto!
-Susie...
-¿Y qué me dices de Pete, eh? ¡Tienes un hijo! - ya no había quién la frenara -. No lo sabías todavía cuando te marchaste, pero sí lo supiste después, con los años, cuando te dignaste a venir aquella vez y yo todavía no tenía palabras. Fue la señora Franklin quien te dijo: ese niño que llega por ahí corriendo es vuestro hijo, se llama Pete. ¿Duermes tranquilo por las noches sabiendo que tienes un hijo que nunca te ha dicho papá? ¿Te crees que me basta con que me envíes cada mes tanto de dinero? Oh, Gerry, ¿te crees que con eso me basta? ¡Al infierno todo el oro del mundo! ¡Tienes un hijo, maldita sea! ¿Lo sabe Maggie? ¿Se lo has contado o ella vive de tu mentira? Oh, nunca podré perdonarte, ¿cómo podría? - y llorando se ha recogido en sí misma, se ha hecho una bolita, se ha refugiado en su tripa, oh, pequeña Susie, ha dicho mientras no podía dejar de llorar.
-Oh, Susie... - ha dicho también Gerry, llorando, con los labios apretados de la impotencia.
A veces me pregunto por qué disfruto con el dolor. Los dos estaban llorando, cerca el uno del otro, pero solos, y yo sonreía desde mi escondite y me hinchaba de una extraña satisfacción. Era ése, al fin, el gran momento: Gerry abatido por el peso de una culpa que, al menos eso creía, iba a dejarle sin palabras.
-Te sigo queriendo, Susie, tanto como cuando éramos jóvenes. Pero... pero también quiero a Maggie, oh, ¡es tan difícil de explicar!
-Trágate tus palabras.
-¡Pero querías una explicación!
Y más lágrimas, y el sonido del teléfono sonando dentro de casa.
-Perdóname, te lo pido por favor. Pérdoname tú al menos. Aquí es tan difícil que te perdonen... - ha retomado Gerry la conversación.
-Has sembrado demasiado dolor en este pueblo.
-¡Tuve miedo!
-De qué, eh, de qué. ¡Si lo teníamos todo!
-¡De la vida, Susie, de tanta vida!
-Bah.
-Me asusté. ¿Cómo podría hacértelo entender? De repente me descubrí corriendo por el camino y no sabía muy bien por qué, corría y corría sin mirar hacia atrás, y cuanto más te pensaba con tu vestido blanco llegando a la iglesia, más aceleraba mis pasos. Corrí y corrí y cuando caí exhausto al suelo Hiss Town estaba ya demasiado lejos. La vida estaba tan lejos... y también la muerte... mi madre, mi padre, Bob, el señor Franklin... Oh, Susie...
-No es justo.
-Oh, Susie...
-¡No es justo! - ha vuelto a decir ella mientras se ha abanicado el calor y las lágrimas con las dos manos.
-A veces soy casa y otras, camino.
-¿Pero qué dices ahora?
¿Pero qué estaba diciendo?
-Cuando soy casa me siento enraizado, protegido por un lugar, por unas paredes, por muchas personas... Era casa cuando planeamos nuestro futuro y, ahora, cuando soy casa, me imagino cómo hubiese sido, ya sabes, tú y yo juntos, con Pete, nuestra vida, a cubierto bajo ese techo que nosotros mismos habríamos construido. Pero, dísculpame, también fui casa cuando Maggie apareció en mi vida, ahora soy casa, con ella... ¿Lo entiendes?
-Mira Gerry, prefiero que no sigas.
-Cuando soy camino me escapo, huyo, o lo intento, de mí. Me escapé de mi ciudad y vine a Hiss Town, me escapé de Hiss Town y llegué a otra ciudad, también de ésa me escapé y llegué a una nueva... Incluso de Maggie me escapé varios meses justo antes de casarnos y...
-Oh, vaya. ¡Todo se repite!
-No lo puedo remediar, no tengo remedio, Susie, perdóname... Si al menos consiguiese huir de mí mismo de verdad... Sin embargo es tan difícil... Mientras se vive, se vive, no podemos ser otros ni evitar lo inevitable, pero incluso sabiéndolo, lo intentamos. ¿Quién no corre lejos de lo que no entiende? Camino. Corre y corre hasta poder empezar de nuevo, de cero. Y entonces llega a casa. Casa y camino. Dime que me entiendes, por favor.
-Casa y camino - ha repetido Susie, como murmurándolo entre dientes -. Casa y camino.
-Sí, así.
-Ojalá pudiese entenderte y perdonarte. ¿Sabes?, si otra persona me lo contara, así, como tú lo has hecho ahora, lo entendería todo, porque, a fin de cuentas, huir de algo no es tan extraño, esta misma mañana yo he huído de ti, bien te habrás dado cuenta, y la verdad es que si la gente no se escapara de nada el mundo se quedaría siempre quieto, jamás iría hacia adelante. Pero no me lo ha contado otra persona, Gerry, no un cualquiera, me lo has contado tú, y a ti, oh, y cómo lo siento, a ti no puedo perdonarte, espero que tú me entiendas a mí. No puedo, no, cómo, a ver, cómo, después de todo, no, no, no puedo, el orgullo y el pasado no me dejan, no, todo por dentro y por fuera me dice que no por todo este tiempo, por todo lo que yo he pasado, no, pero... oye, de todos modos... no sé - qué, qué -, estás aquí y... no, claro que no puedo, Gerry, esto no es un simple capricho, pero mira, ven aquí y... dame un abrazo, aunque no sepa perdonarte.
Y así ha sido. Se han abrazado y la tripa redonda de Susie los distanciaba un poco. La tripa los acercaba más. Martha seguía gritando mientras Susie y Gerry se abrazaban, tiritando los dos pese al sofocante calor de la calle. Agg. Hay quien hace de su vida algo demasiado difícil de entender, he pensado yo. Ha pasado Evelyn y me he perdido en sus pechos. Soy así de simple, amigo, he dicho en voz baja como si se lo dijera a Gerry. Me puede la carne, las curvas, dirán también que la estupidez, y no pienso más de la cuenta. La vida se nos da para algo, digo yo, y no voy a ser tan imbécil como para desperdiciarla o complicármela demasiado. Seré así de simple, que crean lo que quieran creer, pero a mí todo me va bien, nunca me veré en una como la de estos dos, jamás. Oh, Evelyn, Evelyn, tú eres como yo, tú si puedes entenderme...
Cuando he vuelto a mirar hacia los columpios, Susie y Gerry ya no estaban.
Gracias, Rayuela, por imaginar a Gerry Wilson,
desde siempre, como casa y camino.
Imagen: Bill Brandt.

