09 julio 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXIX)



Si acaso creen que iba a mantenerme al margen del reencuentro entre Susie y Gerry es que no me conocen. Ahora se miran entre ellos y se preguntan dónde he estado. Pues escondido, escuchando, ¿dónde si no? Donde todos ellos hubiesen deseado estar, la que más la inocente de Maggie, que por mucho que se esfuerce en disimular, es evidente, si es que se le nota, que se la están comiendo los celos, allí donde la ve uno que parece que no ha roto un plato en su vida, ja. Pues ya digo yo que la vajilla entera estaría dispuesta a romper si con ello consiguiese enterarse de qué ha estado hablando su maridito, oh Gerry, amigo, cómo te complicaste la vida, con la mujer más deseada de todo Hiss Town, ojo, y no sólo cuando era joven, que también ahora trae de cabeza a unos cuantos solterones y a otros tantos que no lo están. Oh, Susie, una vez te tuve entre mis brazos...

Sin decirse nada los dos se han acercado hasta los columpios del jardín. Yo he estado observando, cauto, resguardado entre los setos. Susie se ha sentado primero y Gerry le ha dado un ligero empujón para que su columpio se balanceara. Luego él se ha quedado quieto, sentado en el suyo. No podía quitar su mirada de la tripa redonda de Susie que se le dibuja por debajo del vestido. A mí el silencio me desquicia, muy nervioso me he puesto de tanto rato que han estado callados, sin que se cruzara una sola palabra, la una columpiándose sin parar y el otro petrificado, sus ojos fijos en la vida. Nada ha cambiado, o casi nada, porque incluso cuando eran jóvenes ya les gustaba lo de no hablar, lo de adivinarse con silencios, qué aburrimiento, por favor, a esos años, cuando lo que uno tiene que tener son ganas de comerse el mundo y gritar muy alto para que se le escuche, qué aburrimiento también hoy, ¡que pase ya algo o me voy a morir!, he pensado. Y Caroline ha sido el milagro, ha pasado por el camino en bicicleta. ¡Por fin, un divertimento! Oh, Caroline, Caroline, algún día te descubriré mis encantos.

-¡Hola, Susie! -le ha dicho mientras pedaleaba y sus piernas bronceadas, y se alejaba y la curva de sus caderas, y se perdía y su trasero sobre el sillín, contoneándose. Amo a todas las mujeres.

Y gracias a Dios que ha pasado, no sólo por mí, oh, Caroline, sino también por Susie y Gerry que, con sus palabras, oh, Caroline, tienes la misma voz que tu hermana Daisy, un poco más aguda, tal vez, han vuelto los dos a la realidad.

-¿De cuántos meses estás? - le ha preguntado Gerry, todavía sin quitarle ojo a la redonda tripa.

-Huy, Gerry, de siete meses, pero como si fueran ya nueve, ¿no me ves? Susie, Susie querida, estás tan impaciente por mirar el mundo con tus propios ojos que creces demasiado rápido. Dame la mano - le ha dicho a Gerry, y él ha hecho un gesto veloz y extraño con ella, como si quisiera pero no quisiera dársela -. ¡Dámela, Gerry, que no te va a comer!

-Oh, ¡la noto! - ha dicho él nada más posar su mano en la barriga de Susie, y luego se ha puesto rojo, maldita sea, ni si fuera un crío, ni si todo el sol hubiese caído de golpe sobre él, abrasándole la cara. Gerry, Gerry... qué nervioso que estaba.

-¿Quién es el padre? Rose ya me ha dicho que John...

-Oh, ¡maldito desgraciado! Sí, también él me abandonó. Pero con él no me sorprendí tanto como contigo - ha dicho Susie con una tranquilidad que en absoluto me esperaba -. A John se le veía venir. Se dio a la bebida desde el momento en que le dije que venía otro hijo en camino, mi pequeño Phillip, a él no lo conoces. Se pasaba el día entero allí donde Barry bebiendo cervezas y licores, volvía a casa borracho y me gritaba: ¿Cómo, cómo lo vamos a mantener, eh?, y le daba puñetazos a la pared, o a las puertas, o a la mesa de la cocina. Sólo una vez se le escapó la mano conmigo, sólo una vez. Me dio en la tripa, pero, en realidad, no quiso pegarme a mí, la gente no me entiende pero digo la verdad, porque a mí me quería, Gerry, me quería mucho, aunque todo el mundo piense lo contrario. A quien pegó fue a Phillip, porque por él nunca sintió lo más mínimo, no lo quería en este mundo, lo quería muerto dentro de mí. Pero a mí me quería, me quería tanto, y sabía del esfuerzo de cuidar a unos hijos, sobre todo del mío, que se me iba la vida en ellos, decía, y por eso acabó hundiéndome su puño en mi tripa tersa, lo hizo por los dos y por los hijos que ya teníamos, para que pudiésemos vivir sin complicaciones. Yo rompí aguas un minuto después, él me llevó al hospital, nació el bebé y luego se fue, con la vergüenza en los ojos tuvo que irse cuando supo que su hijo era tan fuerte que había conseguido hacer frente a sus golpes de casi muerte. Phillip tiene un hoyuelo en su mejilla izquierda y sabe que es por el puñetazo que su padre le dio. Alguien debió contarle la historia porque un día volvió de la escuela y me dijo: este agujerito me lo hizo papá, ¿a que sí, mamá, a que me lo hizo papá? Ese padre que no conoce. Sólo Johnny conoce al suyo, que es John, por eso creo yo que me ha salido tan gamberro, de tal palo tal astilla, que se suele decir. Pero Pete a ti no te conoce, te ha visto, pero no sabe que eres su padre y yo no tengo fuerzas para contárselo, Phillip sabe que el suyo le hizo un agujerito en la mejilla pero, demonios, tampoco sabe quién es, y la pequeña Susie tampoco lo sabrá, qué desdichada, ni yo lo sé esta vez, Gerry, fíjate lo que te digo, ni yo sé quién puede ser.

Yo no he entendido nada. ¿Por qué le contaba todo eso como si no fuera importante? ¿Y los humos de Susie? ¿Y todos los reproches que estaba deseando escupir sobre Gerry? ¿Por qué tanta venganza contenida? Oh, yo que deseaba que hirvieran las palabras, saber, antes que nadie, los detalles del chismorreo, ver como Susie le daba a Gerry su merecido.

-Mira, Susie, yo...

-Tú nada, no lo empeores porque estoy haciendo un gran esfuerzo por intentar mantener la calma y no sabes lo que me está costando. Porque si por mí fuera, oh, Gerry, si por mí fuera...

Y ha vuelto a hacerse el silencio, pero muy tenso esta vez, de los que parecen que chantajean con su falta de sonido: o yo, tan nervioso, o un montón de palabras que no quisieras escuchar, así de oportunista, el silencio. A mí se me ha escapado un estornudo y Gerry ha mirado a su alrededor. Me ha salvado Terry Kingsley, que en ese momento ha pasado por el camino, oh, las manos de Terry son las más bellas de este mundo, sus caricias, oh, miel, y Gerry ha creído que había sido ella, ¡menos mal!, y ha vuelto a despreocuparse hasta que han empezado los gritos, los de Martha, que venían de la casa y han roto toda la tranquilidad. Incluso Terry se ha vuelto hacia la hospedería con cara de preocupación de lo mucho que se escuchaban. Gritaba incomprensiones, gritaba como grita ella y nadie más, mucho, como si su grito saliera de nuestro cuerpo, así grita Martha, desde ella y desde todos nosotros, y gracias a su locura, yo no sé qué tiene esa mujer en la cabeza, se ha desatado la de Susie, ¡qué espectáculo, por fin, fuegos artificiales!, que se ha visto alentada por los gritos y no ha podido remediar ni contener ni tragar por más tiempo toda su ira.

-¡Dame una explicación, Gerry! ¡Dámela! ¿Acaso no te doy lástima? - ha dicho a voz en cuello, con la mirada rota, mezclándose sus chillidos con los que venían de la casa -. ¿No éramos felices? Oh, por Dios, Gerry, ¿es que se te olvidó de la noche a la mañana todo lo que tú y yo éramos? ¡El día de nuestra boda! ¡Maldito sinvergüenza! ¿En qué pensaste? ¡Y en qué has pensado todos estos años para que tengamos que estar hablándolo ahora, tan tarde!

Gerry se ha hecho pequeño, ¿acaso pensaba que todo iba a salirle bien?, y ha dejado de mirar la tripa de Susie para mirarse sus propios pies, con los ojos pequeños, con la honradez muy pequeña, con un miedo sin mesura.

-Éramos la esperanza de las olas - balbucenado, trémulo, ha dicho.

-¡Déjate de versos!

-Eso nos decía Bob.

-¡Y deja a Bob en paz, que está muerto!

-Susie...

-¿Y qué me dices de Pete, eh? ¡Tienes un hijo! - ya no había quién la frenara -. No lo sabías todavía cuando te marchaste, pero sí lo supiste después, con los años, cuando te dignaste a venir aquella vez y yo todavía no tenía palabras. Fue la señora Franklin quien te dijo: ese niño que llega por ahí corriendo es vuestro hijo, se llama Pete. ¿Duermes tranquilo por las noches sabiendo que tienes un hijo que nunca te ha dicho papá? ¿Te crees que me basta con que me envíes cada mes tanto de dinero? Oh, Gerry, ¿te crees que con eso me basta? ¡Al infierno todo el oro del mundo! ¡Tienes un hijo, maldita sea! ¿Lo sabe Maggie? ¿Se lo has contado o ella vive de tu mentira? Oh, nunca podré perdonarte, ¿cómo podría? - y llorando se ha recogido en sí misma, se ha hecho una bolita, se ha refugiado en su tripa, oh, pequeña Susie, ha dicho mientras no podía dejar de llorar.

-Oh, Susie... - ha dicho también Gerry, llorando, con los labios apretados de la impotencia.

A veces me pregunto por qué disfruto con el dolor. Los dos estaban llorando, cerca el uno del otro, pero solos, y yo sonreía desde mi escondite y me hinchaba de una extraña satisfacción. Era ése, al fin, el gran momento: Gerry abatido por el peso de una culpa que, al menos eso creía, iba a dejarle sin palabras.

-Te sigo queriendo, Susie, tanto como cuando éramos jóvenes. Pero... pero también quiero a Maggie, oh, ¡es tan difícil de explicar!

-Trágate tus palabras.

-¡Pero querías una explicación!

Y más lágrimas, y el sonido del teléfono sonando dentro de casa.

-Perdóname, te lo pido por favor. Pérdoname tú al menos. Aquí es tan difícil que te perdonen... - ha retomado Gerry la conversación.

-Has sembrado demasiado dolor en este pueblo.

-¡Tuve miedo!

-De qué, eh, de qué. ¡Si lo teníamos todo!

-¡De la vida, Susie, de tanta vida!

-Bah.

-Me asusté. ¿Cómo podría hacértelo entender? De repente me descubrí corriendo por el camino y no sabía muy bien por qué, corría y corría sin mirar hacia atrás, y cuanto más te pensaba con tu vestido blanco llegando a la iglesia, más aceleraba mis pasos. Corrí y corrí y cuando caí exhausto al suelo Hiss Town estaba ya demasiado lejos. La vida estaba tan lejos... y también la muerte... mi madre, mi padre, Bob, el señor Franklin... Oh, Susie...

-No es justo.

-Oh, Susie...

-¡No es justo! - ha vuelto a decir ella mientras se ha abanicado el calor y las lágrimas con las dos manos.

-A veces soy casa y otras, camino.

-¿Pero qué dices ahora?

¿Pero qué estaba diciendo?

-Cuando soy casa me siento enraizado, protegido por un lugar, por unas paredes, por muchas personas... Era casa cuando planeamos nuestro futuro y, ahora, cuando soy casa, me imagino cómo hubiese sido, ya sabes, tú y yo juntos, con Pete, nuestra vida, a cubierto bajo ese techo que nosotros mismos habríamos construido. Pero, dísculpame, también fui casa cuando Maggie apareció en mi vida, ahora soy casa, con ella... ¿Lo entiendes?

-Mira Gerry, prefiero que no sigas.

-Cuando soy camino me escapo, huyo, o lo intento, de mí. Me escapé de mi ciudad y vine a Hiss Town, me escapé de Hiss Town y llegué a otra ciudad, también de ésa me escapé y llegué a una nueva... Incluso de Maggie me escapé varios meses justo antes de casarnos y...

-Oh, vaya. ¡Todo se repite!

-No lo puedo remediar, no tengo remedio, Susie, perdóname... Si al menos consiguiese huir de mí mismo de verdad... Sin embargo es tan difícil... Mientras se vive, se vive, no podemos ser otros ni evitar lo inevitable, pero incluso sabiéndolo, lo intentamos. ¿Quién no corre lejos de lo que no entiende? Camino. Corre y corre hasta poder empezar de nuevo, de cero. Y entonces llega a casa. Casa y camino. Dime que me entiendes, por favor.

-Casa y camino - ha repetido Susie, como murmurándolo entre dientes -. Casa y camino.

-Sí, así.

-Ojalá pudiese entenderte y perdonarte. ¿Sabes?, si otra persona me lo contara, así, como tú lo has hecho ahora, lo entendería todo, porque, a fin de cuentas, huir de algo no es tan extraño, esta misma mañana yo he huído de ti, bien te habrás dado cuenta, y la verdad es que si la gente no se escapara de nada el mundo se quedaría siempre quieto, jamás iría hacia adelante. Pero no me lo ha contado otra persona, Gerry, no un cualquiera, me lo has contado tú, y a ti, oh, y cómo lo siento, a ti no puedo perdonarte, espero que tú me entiendas a mí. No puedo, no, cómo, a ver, cómo, después de todo, no, no, no puedo, el orgullo y el pasado no me dejan, no, todo por dentro y por fuera me dice que no por todo este tiempo, por todo lo que yo he pasado, no, pero... oye, de todos modos... no sé - qué, qué -, estás aquí y... no, claro que no puedo, Gerry, esto no es un simple capricho, pero mira, ven aquí y... dame un abrazo, aunque no sepa perdonarte.

Y así ha sido. Se han abrazado y la tripa redonda de Susie los distanciaba un poco. La tripa los acercaba más. Martha seguía gritando mientras Susie y Gerry se abrazaban, tiritando los dos pese al sofocante calor de la calle. Agg. Hay quien hace de su vida algo demasiado difícil de entender, he pensado yo. Ha pasado Evelyn y me he perdido en sus pechos. Soy así de simple, amigo, he dicho en voz baja como si se lo dijera a Gerry. Me puede la carne, las curvas, dirán también que la estupidez, y no pienso más de la cuenta. La vida se nos da para algo, digo yo, y no voy a ser tan imbécil como para desperdiciarla o complicármela demasiado. Seré así de simple, que crean lo que quieran creer, pero a mí todo me va bien, nunca me veré en una como la de estos dos, jamás. Oh, Evelyn, Evelyn, tú eres como yo, tú si puedes entenderme...

Cuando he vuelto a mirar hacia los columpios, Susie y Gerry ya no estaban.




Gracias, Rayuela, por imaginar a Gerry Wilson,
desde siempre,
como casa y camino.




Imagen: Bill Brandt.

04 julio 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXVIII)



Qué pretenden. Ya he ido, ¿no?, al cementerio. Ahora que me dejen en paz. Ahora que me dejen solo. Ahora que nadie me hiera, por favor, con palabras de cariño. Vaivén, vaivén, vaivén. Yo sé cómo abrazarme: un brazo por aquí, otro brazo por acá, manos en los costados y vaivén, vaivén, vaivén. Nadie sabe abrazarme como yo me abrazo. Mamá sabía, papá también. Ahora sólo yo sé cómo abrazarme. A veces Rose lo intenta, se acerca y me dice: enséñame, pero no aprende, o yo no me dejo, o a ella le da miedo, o los abrazos no se pueden enseñar. Aquí estoy bien, aquí nadie me hace daño, aquí no oigo nada, aquí el mundo está muy lejos, es esto el silencio, soy yo dentro del silencio, protegido, soy su hijo, mi madre es el silencio, vaivén, vaivén, vaivén. Los abrazos son blancos como el silencio. Aquí todo es blanco y nieve, la nieve me hace libre. Caen los copos sobre mí y no siento frío. La nieve blanca de sombras azules, en ella estoy. Los copos bailan con el viento, van y vienen, van y vienen, van y vienen, hasta posarse sobre la blanca tierra. Soy un copo de nieve y surco este cielo blanco de silencios, no hace ruido la nieve al caer, aquí todo es silencio, aquí todo es silencio, aquí todo es silencio. Aquí nadie sabe hablar. No es necesaria la palabra. Pienso en blanco, en nieve, en abrazos, pero no nombro nada, está todo aquí, en mí, dentro, esta tranquilidad que me auxilia. Es la vida deseada. Quédate en mí para siempre, vaivén, vaivén, vaivén, soledad quédate en mí. Es este momento, soy yo, el niño mudo, el niño solo, sigo siendo niño, no crezco en ti, soledad, soy tuyo, vaivén, vaivén, vaivén, ampárame siempre. Solo, solo, solo, sin el ruido de las otras voces que no caben en ti, solo en tu silencio, siempre, solo, no te rompas, soledad, no te fragmentes, no te escapes, quédate en mí, quédate en mí, quédate en mí. En este abrazo soy, nadie me corrompe, soy. Así. Vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivé, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, silencio, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vavién, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, la nieve, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, blanco, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, las voces, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, más voces, ¡no!, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, el mundo, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, las risas, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, ¡no, vuelve!, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaivén, vaiv, vaiv, vaiv, vaiv, vai, vai, vai, vai, vai, vai, vai, vai, va, va, va, v, v, v, v, este olor a pastel. ¡Regresa, te lo pido, soledad!





Imagen: Vilheim Hammershøi.

30 junio 2009

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De El lamento de la emperatriz, Pina Bausch.

28 junio 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXVII)


Sucederá así como te lo voy a contar ahora, como con mucho lío al final pero con bastante tranquilidad al principio. Así sucederá. El final, tremendo enredo, será que cuando lleguemos a la hospedería sonará el teléfono y será Cynthia quien llame y Rose quien descuelgue el teléfono y diga: al habla Rose, ¿dígame? Y Cynthia dirá que llegará esta misma noche, como para la hora de la cena, pero que no nos tomemos la molestia de prepararle nada, que ya comerá algo por el camino, que ya llegará y con qué ganas, porque Cynthia es así y siempre las tiene, las ganas, sea lo que sea lo que haya que hacer. Pero mientras ella y Rose hablen por teléfono, Martha se meará encima porque Ted estará ocupando el baño de abajo, será uno de sus encierros, y Martha no podrá resistirse, me meo, me meo mucho le dirá a Maggie, pero ella no le prestará demasiada atención y dirigirá su mirada hacia la ventana por si acaso desde allí consigue ver a Gerry y a Susie que andarán hablando y luego gritando y luego llorando y luego abrazados en el jardín. Martha se meará en medio del pasillo en su intento apresurado por llegar hasta las escaleras y luego al piso de arriba y luego al baño de azulejos celestes donde estaré yo. También encerrada estaré, mirándome en el espejo lo guapa que estoy con mi vestido rojo y con mis arrugas, las que ayer me hacían una cara de espanto y las que hoy tan bien me sientan con mis ojos asomándose entre los pliegues de la piel. Billy, mientras tanto, llamará desde la oficina para saber qué tal nos ha ido el regreso pero, como Rose seguirá conversando con Cynthia, el teléfono le comunicárá. ¡Y Maggie es un encanto!, dirá en ese momento Rose, y Maggie, al escuchar su nombre, desviará su mirada de la ventana, nada de lo que buscaba habrá encontrado, y le sorprenderá la meada de Martha. ¡Pero cómo no me has avisado!, dirá. Toc, toc hará en la puerta del baño donde estará Ted. ¡Ted, sal, por favor, es urgente!, también dirá. Pero Ted no entiende de urgencias ajenas cuando lo que necesita es un refugio, un escondrijo, un espacio, por pequeño que sea, donde sentirse a salvo del mundo, que es en su soledad, y no saldrá, ni siquiera dirá no puedo, o no quiero, ni nada dirá porque se sentirá lleno de silencios. Martha empezará a gritar que el frío es un miedo mojado, muchas veces lo gritará, y cuando Maggie se acerque a darle un beso pisará sin darse cuenta el charco amarillo y se resbalará. Se agarrará al brazo de Martha y ella también caerá. Las dos en el suelo volverán a llorar, abrazadas, como en el cementerio, y justo en el instante en el que Maggie saboree una de sus lágrimas y se pregunte por qué Gerry tarda tanto en entrar, Billy intentará llamar por segunda vez y acariciará una de las hojas secas de la planta que le regalé. Comunicará, colgará, llamará, comunicará, colgará, tachará un cero de los seis finales de una cifra y volverá a llamar. Sonará, finalmente, su llamada y con el primer timbre, afuera, en el jardín, Gerry le dirá a Susie que la quiere tanto como la primera vez, pero que quiere también a Maggie se lo dirá con el segundo timbre, y cuando Rose haya vuelto a descolgar el teléfono, Gerry ya le habrá dicho que quiere el perdón que no encuentra por ningún sitio. Concédemelo tú por lo menos, Susie, concédemelo tú, le dirá, y yo estaré silbando una canción cuyo nombre no conseguiré recordar. Martha chillará, Ted no saldrá, Maggie besará a Martha en la mejilla, Susie temblará, Martha chillará, Gerry besará a Susie en la mejilla, Rose dejará suspendido el teléfono, Billy preguntará, nadie le contestará, Martha chillará, Martha chillará, Martha chillará... Yo querré hacer un pastel. Saldré del baño, bajaré las escaleras y Rose estará limpiando la meada del suelo mientras Martha y Maggie, en enaguas, me mirarán agotadas y con tristeza. Gerry entrará, asustado por los gritos. Susie irá detrás. Ted, sentado sobre la tapa del water, se balanceará hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás, presa de su ensimismamiento. Billy colgará y volverá a llamar y volverá a comunicar, pues el teléfono de la hospedería permanecerá descolgado sin que nadie se dé cuenta el resto de la mañana. Vamos a hacer un pastel, diré, y convencida de que todo esto nos pasa por tener hambre en el estómago, buscaré el cuenco para la masa. Entonces entrará Patrick con la cansina sonrisa de los flirteos en los labios. ¿Dónde demonios se habrá metido en todo este tiempo?, nos preguntaremos en silencio, y tremendamente enredados, todos, menos Ted, me ayudarán en la elaboración del pastel. Habrá quien vuelva gritar, quien derrame el aceite o la harina y quien no sepa qué hacer. Cocinaremos un pastel de nervios, ajetreados, impulsivos, frenéticos, llenando el cuenco con la vida que, después de visitar a la muerte, nos llenará la mirada. Alegría, celos, dolor, prepotencia, hambre, sueño... ¡claro que es esto la vida y que todo se juntará en el cuenco! Atrás quedará la extraña pero certera calma que, minutos antes, nos habrá acompañado del cementerio a casa, cuando después de tanta lágrima se adueñe de nosotros el silencio, cuando nos despidamos de los muertos, cuando se rían de Martha, cuando las cotillas siseen o cuando Gerry busque a Susie en la tienda y se reencuentren. Todo en riguroso silencio, sin esfuerzos, leves, como si fuéramos fantasmas. Y nada de esto ha ocurrido todavía, pero sucederá, y cuando el pastel esté en el horno lo escribiré todo en ti, todo lo que haya pasado, que es lo que pasará, que es lo que te acabo de contar, querido diario, mientras te pienso con todas tus páginas en blanco llenas de futuro.



Imagen: Katia Chausheva.

24 junio 2009

HaIkU De VeRaNo




¿Por qué sonríes?

Porque hay sol en las hojas.

¿Por qué sonríes?







Haiku: Carmen Jodra.
Imagen: Utagawa Hiroshige.

20 junio 2009

Un CuEnTo SiN aZaR

Para Paula.



La señora de nuestra izquierda, por qué por qué lo hacía, leía poemas de amor en la tarde sombría de su regreso a donde por nada del mundo quería volver. Hacia una tristeza oscura se vio arrastrada por los poemas, por qué diantres lo hacía si lo sabía, sabía que eso le iba a pasar. Pero mira que es fácil dejar de leer, que se escape el tren, olvidarse de llamar a 1, a 2, a 3 y sus sucesivos, pero mira que es fácil, y luego lanzarse a la vida que todos soñamos alguna vez con tener: dar la vuelta al mundo a pie. Pero qué sencillo que es. Desaparece, mujer, pero deja huellas en los bares, tu nombre en los hostales, y ríete, ríete del rastro que tu nueva vida gotea por aquí y por allá porque es lo que deseas, la aventura, y que te siga después la policía, afanada por ver cumplido el nervioso deseo de tus familiares, que es el de encontrarte sana y a salvo, lo que en estos casos se suele decir. Pero ella no, lee que te lee los poemas de amor. Pero por qué por qué lo hacía.

El señor de nuestra derecha, por qué por qué también él hacía lo que no tenía que hacer, se perdía entre las páginas de un atlas de segunda mano que había comprado poco antes de sentarse a esperar el tren que iba a llevarle a su ciudad de vacaciones (que como curiosidad diré no aparecía en ninguno de sus mapas). Pero, caramba, si este hombre lo que necesita son unas rimas, mira cómo lo dicen sus manos, sus gafas empañadas. Déjate de cordilleras, ríos y mesetas, déjate y mira de soslayo a la señora allí a tu lado, pero no, mira su libro y lee palabras como ternura, como cuerpo, como amanecer. Léelas bien, o lee otras si quieres, lee manzana, susurro, candor... Pero lee lo que necesitas, hombre de dios, que los mapas geográficos están hechos para los exploradores de la tierra y tú lo que necesitas ahora es un mapa de sentimientos hondos, un mapa de tu alma necesitas, por favor que el cartógrafo del ser humano venga y te lo dibuje. Pero no le dio la gana y bien que dio la vuelta al planeta entero sin moverse del asiento, sin encontrar lo que buscaba. Pero por qué por qué lo hacía.

El azar estaba en su letargo, maldito sea el azar, que ya se acabó el invierno, despierta y despierta a quien lo necesita. Levántate, provoca un cruce de miradas, un roce, un cambio de maletas, algo por el amor bendito de todos tus logros, azar, ¿me escuchas?, eso yo le decía, y el azar, perezoso, ahí que se quedó durmiendo. Que las oportunidades se escapan así, sin darse uno cuenta, así se escapan, sin haberlas tenido siquiera un instante entre las manos pero sí tan cerca, así, así, a un par de milímetros. Señora, señor, pero vivan las vidas que merecen y anhelan, señora que lee poemas de amor para ponerse triste y detestar la soledad, señor que lee mapas mundi para encontrar la ciudad de los besos que tampoco aparece en ninguna de las coordenadas, pero miren qué fácil todo, pero miren cómo se echa a perder, a caducar, a pudrir...

El tren llegó con algunos minutos de retraso, minutos que el tiempo les regaló para encontrarse, todavía, que todavía podía darse el caso, pero ellos qué tozudos son que no levantan la mirada, ni una mosca les despista, pero esto cómo puede ser. Traqueteó el tren a su llegada. Cerraron sus libros. Se levantaron. Buen viaje, se dijeron, tristes, sin mirarse a la boca ni las palabras. Y montaron, para siempre, en vagones con rumbos diferentes.




Imagen: En attendant le train, Paula Barriobero.

15 junio 2009

VeRsOs, o No




Es esta mañana
de sonidos no desvelados
todavía
y todas las mañanas
que nacen y mueren
que nacen y mueren
ahora
dentro de mi estómago
siguiendo el compás
que han inventado
mis dedos
así
tiritando
así
dedos de niña
improvisándome
sobre la piel
nublados pentagramas
y más de cinco líneas
para escribir que
es esta mañana
ya es esta mañana
y todas las mañanas
ahora
las que hacen que vibre
en mi caja de resonancia.






Imagen: de El silencio antes de Bach, Pere Portabella.

10 junio 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXVI)



Hiss Town es un árbol. Hay quien se agarra a sus ramas y quien lo hace a sus raíces. Hiss Town es ese árbol que está al principio del camino, allí donde todavía quedan algunas granjas y el día se despierta con los pollos y luego con las vacas y, a veces, hasta con los cerdos. Hiss Town es tierra y aire, casi nunca lluvia. Hiss Town podría haber sido primavera, pero el árbol que es Hiss Town nunca tiene frutos, nunca tiene hojas, y crece, seco, tanto hacia arriba como hacia abajo. Los vivos que viven en las ramas escarban con ahínco la tierra, bajan y hurgan con sus dedos, con sus palas, con su curiosidad la tierra que rodea el tronco, impacientes, porque no pueden seguir viviendo sin saber cómo vivirán cuando hayan muerto. Así se acercan a su muerte sin poder descubrirla. La vida se les escapa en horas muertas mientras piensan en sus horas de muerto, las que habrán de venir. Todo es cuestión de tiempo. Pero los vivos tienen miedo, nacieron para tenerlo, y abandonan la búsqueda antes de llegar a cualquier parte. Sin vida, cómo vivirán, se preguntan, y del mismo miedo que les abraza no encuentran la respuesta. La vida está hecha para vivirla y la muerte para morirla, esto es lo que piensan aquellos que se agarran a las raíces, los que dejaron de vivir. Ellos, los muertos, que vivieron como los vivos envenenados por las dudas de la muerte, se lamentan de su tiempo perdido y lloran por los vivos que no viven y se inventan la vida de sus muertos. La imaginación es demasiado libre para que cada uno crea lo que quiera. Los muertos mueren cada segundo desde su primera muerte, se resignan la mayoría, sujetos a sus raíces, para no ser castigados y caer y sentir el vacío de lo que hay más abajo de la tierra de la muerte. Mueren todos a cada instante, se reinventan muertos, y los que no dejaron que el miedo se quedara en su lugar, que es el mundo de los vivos, y se lo trajeron con ellos hasta la muerte, como una necesidad, sólo son unos pocos, trepan por las raíces en busca de un soplo de aire que les devuelva la frescura, el mugido de las vacas, la luz del amanecer. Hiss Town es ese árbol en el que, a veces pasa, los que escarban y los que trepan pueden llegar a darse la mano. Todo es cuestión de tiempo. Todo es cuestión de querer ir más allá. Hiss Town es una gran familia de vivos y muertos unidos por un tronco viejo y hueco por dentro, o lleno por dentro, de ramas y raíces quebradizas. Es un recuerdo inventado. Es tu nombre y el mío incisos en la madera. Es un crecimiento infinito, mientras haya vida, mientras quede muerte. Es lo que me queda por saber. Es la lentitud. Es esta absurda costumbre de vivir muriendo y de estar muerto con cierta vida en los huesos sin saberlo. Hiss Town es un árbol. Yo he vivido en las ramas, he vivido en las raíces, quedé atrapada en el tronco y no sé quién soy.




Imagen: Andrew Wyeth.

08 junio 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXV)



Le he pedido a Rose que me hablara de cómo fue la muerte de la señora Emily Franklin, que me hablara también de su entierro. Cómo fue, le he pedido que me diga, porque cómo fue es lo que me he estado preguntando todo este tiempo, imaginándomelo de una y mil formas para sufrirlo tanto como ellos, parar creerme que también yo estaba dentro de la historia que imaginaba, que estaba en Hiss Town viéndola morir y no lejos de vacaciones, que estaba en este cementerio para darle el último adiós y no en cualquier otra parte ignorándolo todo. Cómo fue he querido saber para dejar de coser historias inventadas y coser sólo la verdad, ésa en la que yo no estuve. Y todo me lo ha contado para que también yo pudiese estar allí. Sufre, Gerry, súfrelo todo, me ha dicho, mientras caminábamos entre las tumbas.

A la señora Franklin se le empezaron a encharcar los pulmones, precisamente a ella que respiraba como nadie el aire de la vida. De derecha a izquierda se le fueron llenando de agua y se acabaron ahogando porque no sabían nadar. Ni el corazón, que era el salvavidas, tuvo fuerza para rescatarlos. Y así se paró, débil, también mojado. Pum pum ¡pum! pum pum p. Y se murió, casi sin sobresaltos. Todo el pueblo fue a velarla, todo el pueblo fue a enterrarla, todo el pueblo vio como la señora Franklin se reunía con su marido, y por eso no sólo lloraron, sino también sonrieron cuando su tumba quedó junto a la de Bill, que tantos años llevaba esperando ese momento. Así fue, ahora ya lo sé. Que una mañana volvió del campo y no respiraba bien, así empezó todo, que las palabras se le fatigaban si salían de su boca, agotadas salían, cortadas pero extendidas. Mesiii-eee-nto-cansss-ad-aaa, dijo. Eso me ha dicho Rose, y que ella se rio porque creyó que bromeaba, que estaba jugando a partir las palabras para darles otra forma, como a ella tanto le gusta hacer. Pero que no era eso se dio cuenta después, y mucho lloró cuando lo supo, que no jugaba, que a veces la vida parece un juego pero es otra cosa muy seria, tan seria como no poder respirar, y que distinguirlo a veces es muy difícil, que cómo se sabe si es risa o dolor lo que dicen las palabras, me ha dicho, y que si yo sabía cómo respiran los muertos me ha preguntado después, porque los muertos tenían que respirar de otra forma, y yo le dicho que sí, pero que no sabía cómo. Seguimos vivos, le he dicho, no podemos saberlo todavía. La señora Franklin ya lo sabe. Puede que respire en nosotros, en nuestro recuerdo, donde los muertos también viven, pero no lo sé, cómo lo voy a saber. La señora Emily siguió viviendo entonces con las palabras y el cuerpo cansados, cada vez más. Había mañanas que no se despertaba, que entraba Rose en su cuarto y se la encontraba en la cama, ¡y cuánto se asustaba!, porque estaba tan inmóvil que lo primero que pensaba era que se acababa de morir. Pero entonces se acercaba y apoyaba su mejilla en la nariz de su madre para notar que de los dos agujeros seguía saliedo aire caliente, que sólo dormía, viva. Cuando la señora Franklin abría los ojos se sentía culpable de haber dormido tanto, este sentimiento aún la fatigaba más, y entonces bajaba hasta la cocina y empezaba a pelar tomates, o pimientos, o patatas, briosa. Que tenía que cocinar para sus huéspedes, decía, que cómo no la habían despertado. Pero al tercer tomate no podía ya más y tenía que sentarse y hacer el esfuerzo de tomar grandes bocanadas de aire, porque dentro ya no le quedaba casi nada. Ésta empezó a ser su principal tarea, la de llenarse de oxígeno, mientras que las labores de la hospedería fueron recayendo cada vez más sobre Rose, Ted y Wendy. Caaam-biaaal-aaasáa-bana-aaas, le decía a Rose. T-rooo-ceee-amaaás-lace-booo-lla, le decía a Ted. Teee-acuerdasd-e-cuán-doeranu-nos-niñooos, le decía a Wendy. Y sólo cuando recordaba la respiración se le amansaba un poco, conforme iba recordando, como si aquello fuese su curación. Rose, que se dio cuenta de esto, propuso organizar largas sesiones de recuerdos junto con todos los huéspedes estudiantes para que la señora Franklin no perdiera el hilo de sus recuerdos y para que, recordando, sus pulmones no se ahogaran todavía. De algo le sirvió, me ha dicho, y que hablaba mucho de mí. Que todos los estudiantes sabían quién era yo, su cuarto hijo, decían, y que yo repartía periódicos, y que yo ayudaba en el campo, y que yo era novio de Susie, y que yo era un soñador despierto, y que yo le puse el nombre a la hospedería, y que yo fui su apoyo al morir el señor Bill... Pero que yo empecé a tener miedo, y que yo me moría de miedo de tanta vida como tenía por delante, y que la muerte me daba más miedo todavía, y que yo de tanto miedo que tenía de vivir y de morir una mañana, sin decir nada, desaparecí. Todo eso les contaba y los estudiantes sabían, hasta que llegó el día en el que ya ni recordar pudo y se quedó postrada en su cama, sin decir casi nada, sin abrir casi los ojos, casi sin vivir, casi en la muerte, con un pulmón en cada mundo. Una noche, cuando todos la rodeaban, se despertó y se incorporó, no con facilidad, pidiendo con balbuceos que le acercaran un lapicero y algo de papel. Con manos temblorosas escribió entonces muchos nombres con letras que se derretían: a sus hijos nombró los primeros, a Wendy después, a su difunto marido, a sus buenos amigos, a todos sus familiares... A todo Hiss Town que la arropaba escribió con dolor, cariño y cansancio, y vivos y muertos se juntaron en un trozo de papel. De unos se despedía, de otros parecía solicitar una acogida calurosa. Todos creyeron que de un momento a otro expiraría, con el lápiz entre sus dedos. No fue así. Vivió, si a eso se le puede llamar vida, todavía algunos días más. La mañana previa a su muerte hizo mucho calor. Me ha dicho Rose que a ella le sudaban hasta las trenzas, y a mí me ha hecho gracia y he sonreído por primera vez en toda la mañana. Sin embargo la señora Franklin dormía, apacible. Ted estaba a su lado y le acariciaba la frente con ternura. La casa estaba llena de silencios, nadie iba a quebrantarlos, nadie se atrevía, hasta que de repente, me ha dicho, Emily abrió los ojos, como dos lunas llenas los abrió, y entonces empezó a agonizar. Gerry Wilson... agonizó desgarrada, ahogándose. Sus dos ojos enormes que, sin mirar, miraban muy abiertos el techo, querían decir algo sin poder, algo que tampoco pudieron decir las palabras. Sólo mi nombre dijo y repitió durante muchos minutos, Gerry, Gerry Wilson... Nunca antes tuve eco. Y es que sólo yo faltaba en aquel trozo de papel, sólo yo ya no era Hiss Town y, sin embargo, todavía me quería y quiso haberme tenido a su lado. Geeer-ry-Ge-rrryW-iiil-sooon, me llamaba, y Ted tuvo que soportarlo, mi nombre en sus labios, sus últimas palabras. Así fue, también esto ahora lo sé, y mi impotencia sigue teniendo mucha sed. Tanto tiempo deseando saber, que alguien, Rose, me lo contara todo... Sufrirlo quería, encontrar después algo de paz... Pero ahora no puedo dejar de pensar en todo lo que quiso decirme cuando me llamó y no me tuvo cerca. Y esto nadie lo sabe, qué quiso decirme nadie lo puede saber, y cuando la verdad se acaba, esto es lo que yo pienso ahora, cuando la verdad ya se ha dicho hasta donde se sabe, entonces, si todavía hay algo más, qué nos queda, si uno quiere tranquilizar su alma, que no sea coser otras muchas historias inventadas.




Imagen: Walker Evans.

05 junio 2009

La ViDa De LoS CaRaCoLeS (XXIV)



Vaya por Dios, mi pequeña, que a veces es peor el remedio que la enfermedad. Que nos hemos venido a la tienda, ¡por favor, Pete, atiende tú a la señora Freeman!, y ¿te puedes creer que es como si no estuviera? Porque en el cementerio es donde estoy, o donde debería estar por lo menos, pero estoy, estoy con mis pensamientos y casi es peor, que te lo digo yo, con el remordimiento de conciencia, ay, vidita mía, ojalá nunca sepas lo que es esto porque es una angustia... un dale que te pego todo el tiempo al mismo asunto que, al final, una no sabe de tantas vueltas como le da a las cosas qué piensa de verdad. Oye, Phillip, ven aquí, ¡no te me escapes! ¿Cómo es que te vas sin darme un beso, eh? Ven aquí. Eso es, y ahora en la tripa, venga, otro, que ya sabes que tu hermana está dentro pero se entera. ¿No querrás que se enfade cuando salga porque no la cuidas? Eso es, muy bien, amor, así sí. Pásalo muy bien. ¡Y dile a Johnny si lo ves que haga el favor de no llegar tarde para comer! ¿Me oyes? ¡Phillip! ¡Qué le digas a Johnny... No sé yo si se ha enterado, pequeña mía. Pues lo que te decía, que total, si a Gerry lo vamos a ver de todas formas, porque para qué engañarme, ni si Hiss Town fuera una ciudad de ésas que tienen rascacielos y parques grandes y teatros, si es que aunque no quiera nos vamos a ver, digo yo que tendríamos que haber ido al cementerio. Que si no vamos nosotras, ya vendrá él, porque eso sí, Gerry ha sido siempre muy educado, menos cuando me dejó en la iglesia esperando, fíjate tú, dónde se ha visto eso si siempre ha sido la novia la que se ha hecho de rogar. Pues él ni vino, cariño, se fue como ahora se está yendo el verano. ¡Y Pete en camino que estaba! Como tú ahora, tesoro, igualito que tú. ¡Cielo santo, qué pesar! Pero esta vez vendrá, claro que va a venir. ¡Pero no me patalees más! Entiendo que tú también estés nerviosa, cómo no lo vas a estar si te alimento yo con mis preocupaciones, ay, que eso no lo quiero yo por nada del mundo, así que estate tranquila, mi amor, así, eso es, tranquila. Si te hubiese llevado al cementerio igual allí... a lo mejor allí ya se nos hubiese pasado todo este barullo inquieto de emociones. Un primer momento de no saber qué decir, las manos moviéndose solas de aquí para allá, como si se pusieran a decir lo que las palabras no pueden, y luego... luego un par de rezos, hija mía, para que Dios y la Virgen protejan a la señora Franklin, qué lástima que no la vayas a conocer, y Wendy y Rose ya se hubiesen encargado de que entre Gerry y yo no saltaran los resquemores del pasado. Así podría haber sido. Pero no es, claro que no es, qué tonta he sido por no haber dejado que así fuera. ¿Porque sabes cómo me siento ahora, eh? Pete, si sales de la despensa apaga la luz, por favor, te lo he dicho cientos de veces, ¡que no estamos para gastos! Pues me siento como cuando era niña y jugaba al escondite en el cementerio y a mí me tocaba contar y con los ojos cerrados empezaba que si uno, dos, tres, cuatro... mientras todos los demás se escondían. Así me siento, como cuando tenía que esperar a que los números llegaran solos hasta el veinticinco, a veces hasta el cincuenta, porque los números de tanto repetirlos al final te salen sin que tengas que pensarlos, y entonces yo aprovechaba para imaginarme qué es lo que quería esperar de verdad. Que no esperaba encontrar luego a los demás, ni ganar el juego, ni nada de eso esperaba. Pensaba que nosotros, los niños, llenábamos el cementerio de alegría, y esperaba que los niños que estaban muertos, que todos los muertos pero sobre todo los niños, se llenasen de la alegría que, nosotros, los vivos, les dejábamos con nuestros juegos. Y cuando luego me ponía a buscar a los niños vivos, entonces me imaginaba que los muertos me decían gracias, gracias, qué alegría. Esperaba que los muertos, para que también pudiesen jugar, recordaran cómo se jugaba al escondite, o al pilla-pilla, o a ese otro juego en el que nos dábamos de la mano y empezábamos a correr cada vez más rápido hasta que se rompía la cadena y nos caíamos al suelo, allí todos entre las tumbas que nos quedábamos riéndonos hasta no poder más, y que los muertos dijesen de nuevo gracias, gracias, qué alegría. También esperaba que el día que los vivos la agotáramos de tanto usarla, porque ese día llega, para todos llega, vinieran entonces los muertos para recordarnos cómo se hacía, cómo se inventaba de nuevo, la alegría, y que los vivos pudiésemos dar las gracias, gracias por la vida. Gratitud y algo de solidaridad es lo que esperaba, dos cosas que ya entonces me parecían imposibles. Y ahora, ahora me siento así, Susie pequeña, como cuando iba al cementerio, y siento que los números me van solos, por el dos mil nueve que van ya desde que hemos llegado a la tienda, mientras yo me imagino qué es lo que quiero esperar de verdad. Que no es que hagamos buena caja hoy, ni que Johnny, al menos por un día, no haga una de sus trastadas. Nada de eso, cariño. Lo que tu madre espera también es imposible, bichito, pero esta vez imposible de verdad, porque, que yo sepa, nadie puede resucitar a los muertos y la máquina del tiempo no se ha inventado todavía. Ay, y mira tú qué cosas te vengo a contar y qué estarás tú pensando de mí. Que la vida no está hecha para tanto renegar y que yo, sin embargo, no paro, hijita, no paro, ¿eso piensas? Mi mayor pecado ése es, con lo malo que dicen que es para la salud andar todo el día enfadada que si por unas cosas o por otras. Dejar de lamentarnos por lo que nos falta y dar las gracias por lo que tenemos, eso deberíamos hacer. Di entonces conmigo, venga, di: gracias, gracias qué... Buenos días, señora Roberts, usted dirá qué le pongo.




Imagen: Bruce Davidson.